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  POLÍTICA

 

LAS NUEVAS FORMAS DE CONCEBIR

EL SUJETO Y LA EMANCIPACIÓN:

EL ROL DEL LENGUAJE Y EL PSICOANÁLISIS

Por CRISTIAN GILLEN

 

Las visiones esquemáticas en el marxismo ortodoxo de concebir la sociedad mediante una relación mecánica entre estructura y superestructura, así como la forma económicista de determinar al sujeto de cambio llevaron, por un lado, a ciertos marxistas como Bakhtin, Reich, Althusser, entre otros, a usar el lenguaje y el psicoanálisis para tratar de superar esas deficiencias. Pero, sobre todo, incitaron a toda una corriente postmarxista a tratar de alejarse de la noción de clase, a fin de evitar de esa manera plantear verdaderos procesos de transformación que superen el capitalismo tanto en el centro como en la periferia.

 

El sujeto

 

Bakhtin pretende estar en posición de expresar el enfrentamiento entre las clases tomando como base de su análisis el signo ideológico. Para él, el ser sería reflejado en el signo ideológico, lo que se debería al conflicto de intereses sociales en el marco de una misma comunidad semiótica(1). Esto constituiría según él la lucha de clases, puesto que el signo representaría el terreno donde se libraría la batalla entre el capital y el trabajo. La evolución semántica de la lengua, de acuerdo a Bakhtin, estaría asociada a la forma en que un grupo social definido identifica todo lo que le genera sentido, lo cual estaría determinado por la infraestructura. La expansión del campo de apreciación de los intereses de un grupo social se efectuaría de manera “dialéctica”, y se reflejaría a través de la evolución semántica de la cual emergería una nueva significación, que entraría en contradicción con la existente, lo que conduciría a su reconstrucción. Al final, la nueva significación tendría una estabilidad e identidad provisoria(2).

 

Wilhelm Reich, desde una posición freudiana marxista, busca cómo rescatar la noción de conciencia de clase otorgándole un contenido diferente al que utilizaba el marxismo ortodoxo. Para ello, establece una distinción entre la conciencia de clase de la masa de trabajadores y la del aparato del partido, definiendo aquella como “deseos progresistas” que no serían “indiferentes al progreso de las fuerzas productivas” y estarían orientados a tomar en cuenta los reflejos, sedimentaciones y efectos de esos mecanismos objetivos en la subjetividad. Para Reich, la función de la vanguardia revolucionaria sería la de dedicarse al examen de los deseos de las masas antes de conocer las leyes económicas e históricas. Reich sugiere que el partido elabore una política sexual, debido a la ausencia de una psicología política marxista idónea.

Plantea igualmente la emancipación de los sujetos mediante una liberalización en la sexualidad y en el lenguaje.

En sus últimos trabajos, Reich se aparta del análisis de clases argumentando que no habría una correlación significativa entre la situación de clase y la estructura del carácter. Rompe con Marx, por cuanto éste iba contra su manera de ver la vida social, que en su esencia estaba libre de conflictos(3). Los antagonismos no tendrían base en la realidad, sino que serían una creación artificial de los ideólogos políticos. Debajo de los supuestos conflictos existiría un interés básico comunitario que unificaría a los individuos productivos(4).

 

Coward y Ellis se empeñaron en vencer las limitaciones de los estructuralistas en la concepción del sujeto, amparándose en la ideología y el discurso. Según estos intelectuales, el marxismo no debería concebir un sujeto que permaneciera fuera de la estructura, ni que se circunscribiera a manipularla o actuar como un mero soporte. Si es que el marxismo siguiera esa línea, dejaría de ser una filosofía revolucionaria(5).

Coward y Ellis consideran que la ideología tiene un carácter material, no solo por ser expresada por un aparato material y práctico, como piensa Althusser, sino porque también “trabaja para sedimentar en el sujeto ciertas posiciones en relación a determinadas fijaciones del discurso”(6). Para alcanzar lo antes citado, la teoría de Althusser sería limitada, por cuanto no le daría el crédito suficiente a la familia como principal aparato ideológico, en que el sujeto sería producido en relación a un cierto significado. Althusser, tampoco tomaría en consideración que el sujeto se encontraría permeado por contradicciones, por lo tanto no sería homogéneo.

 

De lo expuesto, se puede percibir que Bakhtin, Reich, así como Coward y Ellis abogan por un proceso de creación del sujeto que evite, por un lado, el señalamiento a priori de los trabajadores como clase y, por otro, la determinación mecánica del sujeto por lo económico. Para ello, como se ha visto en lo que atañe a la construcción de la sociedad, hacen uso del lenguaje, la psicología y el psicoanálisis, pero de maneras distintas.

Todos ellos no intentan superar las limitaciones del marxismo ortodoxo recurriendo a aspectos no abordados o tocados de manera equivocada en la vasta obra de Marx, sino que se valen de planteamientos teóricos que son ajenos a las concepciones filosóficas, políticas, ideológicas de Marx y del marxismo. Debido a ello, no aparece claro, por un lado, como identifican la lucha de clases que según ellos se daría en el lenguaje con la que plantea Marx. Esta última, como hemos visto, surge del seno de las relaciones sociales de producción, pero no sólo de las económicas sino de las que se generan a través de la praxis del trabajador en las diversas esferas de su actividad. Por otro lado, cuando abordan la problemática del sujeto, transmiten la impresión que lo que es válido para el sujeto individual, caso por ejemplo del psicoanálisis, también lo sería para el sujeto colectivo, lo cual dista mucho de ser así.

 

En el proceso de construcción del sujeto, Lacan, que fue el inspirador central de la corriente post-marxista, desarrolla lo social centrándolo en un aspecto clave en su pensamiento, que es lo que le falta al individuo. La “falta” es la que le posibilita a Lacan establecer un determinado vínculo entre el psicoanálisis y la teoría social. La teoría de Lacan ubica esta carencia del individuo en el lugar asignado antes por Freud a la esencia de la psiquis de éste, una ausencia que evitaría un reduccionismo esencialista de lo social a nivel del individuo y abriría el camino a una posible confluencia del análisis psicoanalítico con el socio-político. Ello, por cuanto la ausencia reclamaría objetos socio-políticos de identificación. La teoría psicoanalítica no estaría únicamente interesada en la falta, sino en los intentos para llenarla. Lacan cree en la prioridad de los discursos sociales del lenguaje sobre el sujeto(7).

El esquema teórico de Lacan, como se puede apreciar, concibe al sujeto ausente como dependiente del proceso de identificación con los objetos socio-simbólicos y da la impresión que, de cierta manera, le otorgaría prioridad a lo objetivo sobre lo subjetivo, pero al mismo tiempo, introduce una concepción anti-objetivista de la realidad social. Lo objetivo, como totalidad cerrada, sería una semblanza, lo otro objetivo estaría faltando. Según Lacan, esta ausencia representaría una carencia del placer real, la parte de nosotros que se sacrificaría cuando entramos en el sistema simbólico del lenguaje que expresa relaciones sociales. Existiría una carencia en el proceso de significación en la cual el otro, que sería el referente de la verdad, no podría garantizarla, en tanto dependería de la dialéctica del deseo que se sustenta en una ausencia en el placer del otro.

En el Seminario VIII titulado “Le Transfert”, que dicta Lacan entre 1960 y 1961, plantea que lo individual y lo colectivo se encuentran en el mismo nivel, lo que quiere decir que la verdad a un nivel constituiría también la verdad al otro, y esa verdad solo podría ser la ausencia que marca a los dos niveles. Lacan recalca que una carencia no es una falta del todo y que esto debería tomarse en cuenta en ambas ausencias con el fin de evitar una neutralización. La relación subjetivo-objetivo como dos campos de ausencia conduciría a deconstruir la oposición tradicional entre lo subjetivo y lo objetivo. Lacan señala que no está interesado en lo individual, que implica tanto el reduccionismo de Freud como el ser unificado de la Egopsicología, sino en la individualidad. Dentro de este contexto, Lacan centra su atención en el carácter singular y particular del sujeto. El sujeto sería resultado de discursos con sus particularidades propias, es decir un sistema de discursos impulsado por funciones particulares del sujeto. En este marco, el trabajo del analista, según Lacan, se circunscribiría fundamentalmente en escuchar el lenguaje “particular” del sujeto. Esta singularidad del discurso estaría vinculada a varios fenómenos psicoanalíticos como el deseo, el trauma, la resistencia, entre otros, que expresarían síntomas que definen al sujeto particular. Como se puede apreciar, la subjetividad es un proceso individualizado de diversas funciones del sujeto que, bajo condiciones particulares, selecciona, altera y, de manera sintomática, sedimenta el discurso del mundo de la interacción social. El sujeto tendría un “destino particular”, que estaría determinado por todo aquello que sería peculiar a él. La vida y muerte del sujeto dependerían de su identidad, pero también de su represión y resistencia(8).

 

Es conveniente precisar, para comprender mejor la problemática del sujeto en Lacan, que éste presenta en este tema una posición distinta a la de los estructuralistas. Estos últimos conciben el lenguaje de manera estática y como una transformación estructural, lo que los conduce ya sea a ignorar el sujeto o a verlo desde una perspectiva no problemática, es decir como un simple usuario del lenguaje. Para Levi-Strauss, que encabezó la tendencia más radical dentro del estructuralismo, el sujeto se limitaría a una cuestión de “identidad personal”. Lacan, a diferencia de los estructuralistas, le otorga la preeminencia al aspecto diacrónico del lenguaje, al plantear que el significante no puede estar atado permanentemente a un significado. De esa manera, Lacan puede transformar la relación sujeto-discurso, dentro de la cual los estructuralistas y post-estructuralistas visualizan al sujeto como un ente esencialmente equivalente al discurso. Lacan piensa que, si bien la “cuestión del sentido” viene del discurso, éste se produciría a medida que es llevado a asumir funciones desarrolladas por el sujeto, tales como la del deseo, de la imaginación, entre otras. El discurso, en cierto sentido, estaría “contenido” por los sujetos, en tanto circula intersubjetivamente(9). Para Lacan, la relación entre el discurso y el sujeto procedería de ambos lados. En la interacción dialogal, las funciones del sujeto moldearían el discurso, y los agentes sociales proporcionarían la matriz original del discurso. Lacan resalta la importancia de la organización particular del discurso dentro del sujeto, que es lo que produciría el carácter único del sujeto. Este combinaría y modificaría los componentes del discurso en base al deseo, la represión, lo simbólico, lo imaginario, entre otros(10).

 

La teoría del sujeto de Lacan se aparta totalmente de la concepción marxista. El proceso de subjetivización que desarrolla Lacan, se sustenta en tensiones dentro de un aparato teórico basado en el psicoanálisis y el discurso, que es totalmente distinto a la dialéctica que se produce entre los capitalistas y los trabajadores en la producción. El sujeto, que se construye dentro de la perspectiva lacaniana, no tiene como fin la superación de las relaciones sociales capitalistas. Más bien, transmite la sensación que los cambios en la intersubjetividad se dan en el marco de las relaciones sociales imperantes, es decir las capitalistas.

Lacan insiste en que el “discurso” sería la única dimensión de la verdad, lo cual es una toma de posición política. El sujeto se movería en el marco del consenso social y de la normalización psicológica, lo que fácilmente puede conducir a una paralización en la contemplación de la particularidad del sujeto, que se manifiesta como una cierta distanciación para con el otro, o como un fantasma con respecto al pequeño objeto (a), o el impulso que le genera su propio placer(11).

 

Fundamentándose en el lenguaje poético, Julia Kristeva, de la corriente post-marxista, trata de superar las limitaciones del marxismo ortodoxo de circunscribir la conciencia de clase y, por lo tanto, del sujeto a lo económico. Para ir más allá de esta visión restringida del sujeto, explora la influencia del signo lingüístico en el proceso de constitución del sujeto. Por ello, Kristeva examina los textos de Mallarmé y Lautréamont como expresión de una cierta vanguardia literaria de la segunda mitad del siglo XIX, en que se puede apreciar como la crisis del Estado burgués incide en la relación entre el sujeto y su discurso. El proceso de significación que se da en los textos, al estar fuera de la esfera de la producción económica, transformaría al sujeto opaco e impenetrable, producto de relaciones y luchas sociales, para, según Kristeva, convertirlo en un sujeto en proceso. En los textos estaría la función social de generar un sujeto diferente, capaz de producir relaciones sociales de nuevo tipo. La negatividad en los textos generaría un sujeto en proceso, por cuanto el estar inmerso en la negatividad haría que el sujeto deje de ubicarse como un ser “externo” a la negatividad que se da en la realidad objetiva. Ello, para Kristeva, sería el fermento del materialismo dialéctico(12). Sin embargo, la dialéctica materialista tomaría de esa negatividad un solo elemento en consideración: la subordinación al proceso social-natural que se traduciría por un sujeto sin proceso limitado a la negatividad externa.

Según Kristeva, basarse en la “conciencia de clase” para cambiar el orden burgués, sería sustentarse en una causalidad estructural, que no conduciría a una mutación de la estructura. Hacer del proletariado, en cuanto clase productiva, el encargado de enfrentar lo que Kristeva denomina la “negatividad hegeliana”, llevaría al perfeccionamiento del sistema de producción. Serviría al aceleramiento del crecimiento industrial. El proletariado no pondría en juego el sistema de producción económica, sino más bien el principio mismo de este sistema de producción, que estaría representado por el Estado, la familia, la moral igualitaria, entre otros. Por lo tanto, el lugar del sujeto en la producción no afectaría la ruptura social. La relación de los sujetos en el proceso de significación tomaría el relevo de la conciencia de clase marxista. Kristeva piensa que la conciencia de clase debería ser sustituida por lo que denomina “conciencia de clase proletaria”, que tomaría en cuenta no solo la negatividad de la producción económica, sino la que también se daría fuera de ésta, es decir, tanto en la política como en la cultura.

Debido a que lo señalado implica que se requiere en el proletariado una visión de totalidad distinta a la que generaría la conciencia de clase, habría que romper con la noción de conciencia de clase. Esta no representaría al proletariado en la medida en que continúe siendo una conciencia o una conciencia de clase. La noción de conciencia de clase proletaria no constituiría una conciencia de clase sino el logro de esa conciencia de clase, por lo que se necesitaría de un proceso de cambio global. Lo económico debería estar estrechamente acompañado por lo político y cultural. De acuerdo a Kristeva, es en el arte en general y en el texto en particular que a partir de fines del siglo XIX se habría instituido un lenguaje que plantea lugares de quiebre que la “conciencia de clase” sustentada solo en lo económico, no tomaría en cuenta o rechazaría. Mallarmé, en su texto La música y las letras señalaba en 1895 que “todo se resume a la estética y la economía política”. Mallarmé compara al escritor con el trabajador e invita implícitamente a reflexionar sobre la plusvalía en la práctica estética. La economía y la estética aparecerían a la vez como dominios que tienen territorios comunes, porque sostienen la lógica del capital, y están separadas, en cuanto, por un lado está la sociedad, y por otro el sujeto, pero se complementarían en el proceso.

Es interesante esta idea que desarrolla Kristeva, dado que con ella pone en evidencia su concepción del proletario visto como clase revolucionaria, que no debe circunscribirse solo a desentrañar lo económico sino también lo político y cultural. Sin embargo, es importante efectuar algunos señalamientos que precisen bien su posición y los alcances de sus planteamientos. Kristeva, para establecer las limitaciones de la teoría marxista, en lo que atañe a la problemática del sujeto, se basa en una crítica de la dialéctica hegeliana, no haciendo ni siquiera mención a la dialéctica marxista. Se podría creer con ello que consideraría que solo existiera la dialéctica hegeliana y que no hubiera una dialéctica marxista que presenta características distintas a la hegeliana. Esta posición es muy similar a la de muchos intelectuales que se han sustentado en la dialéctica de Hegel, siguiendo la versión de Kojève, con el fin de darle un carácter más social al psicoanálisis y, de esa manera, tratar de obviar la problemática de la lucha de clases. Como lo remarcamos anteriormente, las relaciones dialécticas amo-esclavo no son similares a las del capitalista y el proletariado, ello a pesar de las variantes introducidas por Lacan que tienen por objetivo el no caer en la reconciliación que plantea Hegel, para poder así sustituirla por un enfrentamiento permanente.

Además de lo señalado, no es necesario recurrir a categorías y conceptos exteriores a la teoría marxista para ir más allá de la concepción economicista y, muchas veces, estática del marxismo ortodoxo.

Para Marx, como lo plantea en los Manuscritos de 1844, toda actividad humana es un modo de producción y, por lo tanto, la política y la cultura deben ser consideradas como tales. Pero lo es también la familia, que Kristeva incluye dentro de la cultura, sin analizar sus particularidades e importancia pese a que el psicoanálisis desempeña un papel relevante en su sistema teórico.

A finales del siglo XIX, Mallarmé percibía con más claridad que Kristeva en el siglo XXI que el arte es un proceso de producción donde el artista es un trabajador sujeto a la explotación y a la alienación. El tratar de complementar la visión economicista haciendo uso del texto para desentrañar lo cultural y político evadiendo la producción, no le permite a Kristeva analizar la alienación y explotación que se dan en el proceso de trabajo y valorización en la elaboración capitalista de la política y la cultura. Si no se toman en cuenta estos aspectos centrales de las relaciones sociales capitalistas, no se puede comprender a nivel esencial la contribución de estas producciones en el proceso de acumulación y, por ende, de la reproducción de las relaciones sociales como un todo. La forma de concebir la sociedad como la articulación de la producción política, económica, cultural y familiar, posibilita alejarse del economicismo en la concepción del sujeto del proceso emancipatorio. Las clases sociales, dentro de la perspectiva de visualizar la sociedad como un producto de relaciones complejas políticas, económicas, culturales y familiares, se van constituyendo en el seno de cada una de estas producciones. Es decir que, como resultado de un proceso de lucha permanente, las clases van formándose y no existen a priori por ocupar una determinada posición dentro del aparato productivo. Así existan condiciones iniciales que estén a favor del papel de los trabajadores en el cambio, ello no garantiza la constitución de una clase dispuesta a transformar las relaciones sociales capitalistas. Los trabajadores pueden optar por posiciones reformistas, mantener el status quo, o hasta adoptar actitudes fascistas.

Además, hay que señalar que, como las producciones que constituyen la sociedad se interrelacionan dialécticamente, el trabajador de una producción determinada está impregnado por elementos de otras producciones que conducen a que un trabajador de una producción específica tenga la necesidad de nutrirse de aspectos medulares de los distintos procesos de trabajo y valorización para poder tener una respuesta más efectiva al capitalismo desde los diferentes campos en que éste actúa. El verdadero agente de cambio debe romper con una visión unidimensional, porque la realidad opera dentro de una lógica múltiple donde los aspectos que imprimen la dinámica son distintos de acuerdo al campo en que se desarrollan las relaciones sociales.

De lo expuesto, se puede señalar que el trabajador de la producción económica no es el único que tiene el potencial de ser el sujeto emancipador. Los trabajadores de las otras producciones pueden, en determinadas condiciones, convertirse en sujetos que lideren el proceso de transformación. Así tenemos, por ejemplo, que la precariedad en la educación crea las condiciones para que los estudiantes y profesores pauperizados, tanto económicamente como en su dignidad, puedan, en un determinado momento, ponerse al frente de un proceso emancipador.

 

La emancipación

 

En lo que respecta a las propuestas de “emancipación” tendientes a superar la alienación y explotación capitalistas, vemos que los promotores del giro lingüístico y psicoanalítico postmarxistas se quedan dentro del contexto capitalista, ya sea defendiendo el status quo o planteando un social-reformismo.

Lacan, el principal precursor de este giro lingüístico y psicoanalítico, tiene la propensión a limitar las posibilidades de transformación de la realidad al circunscribirla al campo de la verdad que se da en lo práctico-inerte del lenguaje, y al hacer del sujeto un prisionero del orden lingüístico-simbólico del inconsciente. Prácticamente, excluye toda intencionalidad de transformación del sujeto. Para Betty Cannon, lo que estaría promoviendo Lacan sería un nuevo tipo de positivismo que descansaría sobre la causalidad estructural inconsciente(13). Si bien Lacan plantea con cierta lucidez el papel del lenguaje y de la cultura como estructuras práctico-inertes, niega en gran medida la potencia creadora y transformadora de la praxis. Esta minimización o rechazo de la praxis tiende en el fondo a detener cualquier transformación. En Lacan, el orden simbólico subsume a la praxis(14). Su posición adversa a los cambios revolucionarios se pudo apreciar con claridad en el discurso que dio a los estudiantes que participaron en el movimiento de mayo de 1968. En esa alocución afirmó que “las experiencias revolucionarias tienen una sola posibilidad: siempre terminar en el discurso del amo. La experiencia ha probado esto”(15)

Kristeva, quien se apoya en los aportes teóricos de Lacan para desarrollar su teoría lingüística y psicoanalítica, piensa que la noción de revolución en las condiciones presentes no tiene cabida, en tanto siempre ha acabado en el totalitarismo. Dentro de esta perspectiva, plantea la necesidad imperiosa de ingeniarse procesos de transformación que no se circunscriban sólo a la esfera política. Ello, por cuanto en la actualidad existiría una destrucción del espacio psíquico que estaría adormeciendo las representaciones individuales singulares y creativas, bases de todo cambio. En el presente habría una urgencia psíquica e histórica de reajustar las desigualdades y la solidaridad. En este contexto, Kristeva desearía que se rehabilite la noción de revuelta, para que reemplace a la de revolución(16). La revuelta que promueve Kristeva, no es aquella que se realizaría en el mundo de la acción, sino en el de un pensamiento revelador en el psicoanálisis(17), la escritura y el arte. La revuelta podría ser vista como un retorno, una interrogación y un pensamiento al mismo tiempo, es decir como un cuestionamiento retrospectivo incesante(18). Kristeva propone un pacto social en esta era, que considera post-revolucionaria, que no tienda a fracasar por el rechazo a la lógica del mercado y del cálculo de la gestión de las ganancias, en otras palabras, por no respetar la lógica económica capitalista basada en la explotación y el trabajo alienado. Este pacto debería poner énfasis en la posibilidad de renovación personal y colectiva, y en la apertura de nuevos campos en la política que puedan recibir a los relegados que se encuentran al margen de la sociedad.

Como se puede apreciar, en el mundo de Kristeva no existen ni capitalistas, ni trabajadores, ni clases en conflicto, solamente habrían enfermos del alma debido a una sociedad incapaz de fomentar la proximidad. La política se resolvería en el diván.

 

Laclau y Mouffe son igualmente seguidores de Lacan y prominentes representantes del postmarxismo. Según estos representantes del postmarxismo, estaríamos atravesando una nueva época histórica que sería la del “capitalismo desorganizado”, donde el modo de producción como totalidad aparecería como “causa ausente”. Esta nueva fase del desarrollo histórico presentaría una multiplicación de los antagonismos sociales, producto de la aparición de nuevos movimientos sociales. Esta pluralidad de conflictos y agentes sociales conduciría a la necesidad de no renunciar a la ideología liberal-democrática, sino, por el contrario, profundizarla y expandirla a través de una democracia radical que posibilite extender las cadenas de equivalencia entre las diversas luchas emprendidas por los diferentes agentes contra la opresión.

De un análisis detallado de los trabajos de Laclau y Mouffe, se puede afirmar que éstos no presentan una propuesta concreta que permita establecer una relación entre la “estrategia socialista”, que postulaban en 1985 en su libro Hegemony and Socialist Strategy,y el proyecto político de “democracia radical” que promueven. Este proyecto no tiende a fundar una sociedad de nuevo tipo, sino más bien a ampliar la democracia liberal que no es neutra, sino típicamente capitalista. Esto lo plantea claramente Chantal Mouffe al señalar que su propuesta no tiene por finalidad “crear una sociedad de un tipo diferente, pero (sí) la de usar los recursos simbólicos de la tradición de la democracia liberal para luchar contra las relaciones de subordinación, no solo en la economía, sino también en aquello ligado al género, la raza, la orientación sexual”(19). Para Mouffe, la política no tendría como fin la transformación radical. Mejor dicho, sería una respuesta a la frustración social, es decir que la política debería actuar como una válvula de escape(20). Lo anterior se podría lograr, de acuerdo a Mouffe, mediante un consenso político en valores democráticos fundamentales y, a la vez, posibilitando el surgimiento de discrepancias en la interpretación del significado preciso de esos valores(21).

Como ya se mencionó, la tarea de la izquierda, según Laclau y Mouffe, debería ser la de no renunciar a la ideología liberal-democrática, sino de expandirla y profundizarla en la dirección de una democracia radical y plural. La diferencia central entre liberales y postmarxistas se refiere, para ellos, a la distinción entre lo público y privado. En los liberales, la relación entre estos espacios es fija, en tanto que en los postmarxistas la frontera es flexible. Las incursiones fronterizas que plantean, consistirían en entradas temporales y no en la eliminación progresiva del capitalismo(22).

 

Laclau, en su libro New reflexions on the revolution of our time, postula por una política de indeterminación donde “a mayor indeterminación estructural, más libre será la sociedad”. Dentro de esa perspectiva, rechaza dar un programa político, por cuanto una mayor dislocación de la estructura traería como corolario una construcción política más indeterminada. Laclau tiende a proponer un marco neutral que describe la forma de operar del campo político sin tomar ningún partido. La noción de hegemonía de Laclau detalla el mecanismo de “cemento” ideológico, que liga a diferentes grupos sociales, noción que puede examinar cualquier orden socio-político desde el fascismo hasta la democracia liberal. Zižek afirma que Laclau insta sin embargo a elegir una opción política precisa, la de la “democracia radical”(23).

 

Propuesta. Algunos señalamientos

 

La estrategia de transformación que se propone parte de la necesidad imperiosa de iniciar el complejo proceso de transformar las relaciones sociales capitalistas, aprovechando las debilidades que presentan éstas, para lo cual habrá que iniciar el cambio desde la base de los distintos tipos de producción. Es en ese proceso que se constituirá el sujeto, la articulación de los intelectuales que participen en el proceso con los trabajadores, y las diferentes alianzas tácticas y estratégicas que se van dando en el proceso de construcción de la alternativa. En el contexto de emprender un proceso de transformación desde abajo, comenzando por los eslabones más débiles, es decir donde las relaciones sociales son frágiles por el papel del no capitalismo, hay que otorgarle en términos generales prioridad en la estrategia emancipatoria al denominado “sector informal” (urbano, rural). Es en este sector que se aprecia un gran potencial para el desarrollo del trabajo cooperante, lo que conduce a la necesidad de organizar a los trabajadores en las distintas formas de producción. En el campo económico, hay que articular a las pequeñas unidades productivas por tipo de actividad y espacio, en base a un proceso de discusión con los directamente involucrados. El objetivo es que cooperen entre sí, pero no de manera incorporada, en el diseño de los productos y los procesos productivos, en estos últimos mediante una especialización flexible y la complementariedad. El trabajo como grupo mejora la capacidad de reflexión y acción, pero fundamentalmente propicia el cambio de valores, en tanto tiende a privilegiar lo colectivo sobre lo individual, puesto que este último es el fundamento de la producción de mercancías.

Lo antes planteado debe hacerse extensivo a los centros educativos, de salud, así como a la práctica política. En los centros de enseñanza, la producción de conocimientos debe realizarse mediante un proceso participatorio entre profesores, alumnos, incluyendo también a los representantes familiares. Ello facilitaría la propagación de conocimientos que responderían mejor a las necesidades más sentidas de la población, y a fomentar una ideología que tienda a convertirlos en sujetos de cambio. Asimismo, la cooperación entre unidades educativas en un determinado espacio es fundamental.

En la salud, debe diseñarse un esquema similar, donde pacientes, responsables de la salud y familiares se organizan de manera cooperante para que las ideas y acciones no emerjan solo de los que sustentan el poder formal.

En la producción política, la dinámica debe provenir de la base, la cual definirá que tipos de producciones políticas, de modalidades de realización, de formas de organizaciones políticas y de evaluación de los resultados se propiciarán. Es fundamental que lo anterior constituya una actividad permanente de la base organizada.

Pero la organización realmente cooperante y no incorporada de los productores y trabajadores debe hacerse extensiva a los usuarios de los diferentes productos de estas producciones. Ello, con el fin de, por un lado, privilegiar la utilización de los productos provenientes de la producción cooperante, pero también para participar activamente en el proceso de mejorar la calidad y reducir los precios. Estos grupos de usuarios organizados deben liderar la lucha contra el contrabando y la invasión de productos foráneos sujetos a prácticas de dumping, muchas veces igualmente de segunda mano, que atentan contra la producción cooperante.

En las diferentes producciones del denominado sector formal, los trabajadores tienen también que lidiar por establecer formas cooperantes de trabajo y de participación en la definición de aspectos económicos, financieros, ecológicos y de soberanía que los afecten a ellos así como a la población en su conjunto. Dentro de este proceso, los trabajadores deberán tener un rol activo en el fomento a la transformación de las relaciones sociales, y no sólo limitarse a expresar reivindicaciones economicistas. En este proceso de establecer nuevas formas de organización cooperante, la prioridad se otorgará a aquellas actividades que más inciden en la acumulación y la ecología, así como en el mejoramiento de las condiciones de vida de los más necesitados. Entre las primeras, cabe destacar las actividades mineras, las de extracción de hidrocarburos, las agrícolas y, entre las segundas, la educación, la salud, la justicia, y las producciones de electricidad y de tratamiento y de distribución del agua(24).

 

Dentro de este marco, las distintas nuevas formas de producción económica, política y cultural, así como de organización de los usuarios, tienen que articularse a nivel local, regional y nacional. Estos procesos participativos emergiendo de la base, deberán conformar una asamblea a nivel nacional compuesta por miembros de las diferentes producciones y usuarios. Esta asamblea no tendría que ser solamente deliberativa sino también ejecutiva.

Como se puede apreciar, el proceso de transformación que se está precisando trata de abolir el papel hegemónico de los tecnócratas y burócratas. Ello es imperativo en un nuevo proyecto de sociedad, puesto que, en los países dizque socialistas, los tecnócratas y burócratas fueron los propiciadores de una estrategia aparentemente revolucionaria fundamentada en el primado de las fuerzas productivas, que predominó en el denominado socialismo real, y que propició la creación de una nueva clase social, la burguesía de Estado.  Por otro lado, hay que demistificar igualmente a los intelectuales de moda quienes, bajo el velo de disciplinas específicas (lenguaje, psicoanálisis, matemáticas), pretenden darle a la política un toque “más científico” y por ende, supuestamente neutro, para así encubrir una nueva forma de reformismo.

 

(1) Se entiende por comunidad semiótica, aquella que emplea un solo y mismo código de comunicación ideológica.

(2)Mikhail Bakhtin. Le marxisme et la philosophie du langage. Les éditions de Minuit. Paris. 1977.

(3)Reich también se aparta de Freud por no aceptar la implicación pesimista de la teoría dualista de los instintos.

(4)W. Reich, G. Roheim, H. Marcuse. The Freudian Left. Cornell Universtiy Press. Ithaca and London. 1990.

(5)Coward y Ellis. Language and Materialism. Routledge and Kegan. London. 1977.

(6)Citado en J. Larrain. The concept of ideology. Hutchinson. London. 1979..

(7)Y. Staviakakis. Lacan and the Political. Routledge. London. 1999.

(8)Marshall W. Alcorn. Jr. The subject of discourse; Reading Lacan through (and beyond) poststructuralist contexts” en M. Braches, M.W. Alcorn, R.J. Costhell and F. Massardier-Kenney. Lacanian theory of discourse. New York University. N.Y. 1994.

(9)M. Bracker. M.W. Alcorn. R.J. Corthell and F. Missardies-Kenney. Lacanian theory of discourse.

New York University Press. New York. 1994.

(10) Ibid.

(11) Peter Hallward. Badiou. A subject to truth. University of Minnesota Press. Minneapolis. 2003.

(12)Julia Kristeva. La revolution du langage poétique. Eiditons du Seuil. 1974.

(13)Lacan, haciendo del inconsciente lingüístico la fuente y el responsable de la subjetividad, brinda una idea muy vaga de lo que debe cambiar y cómo ese cambio debe tener lugar.

(14)Betty Cannon. Sartre et la psychanalyse. PUF. Paris. 1993.

(15) Y. Stavrakakis. Op. cit.

(16) Entrevista de Arnaud Spire a Julia Kristeva. L’avenir d’une défaite. Journal l’Humanité du 2 juillet 2001. Rubrique Culture.

(17) Kristeva señala que Lacan rehabilita la noción de deseo, así como tuvo el coraje de plantear la ética del psicoanálisis.

(18) J. Kristeva. Sens et non-sens de la Révolte.  Fayard. Paris. 1996.

(19) Chantal Mouffe. Radical democracy as liberal democracy. Socialist Review. 1990.

(20) Geoff Boucher. The charming circle of ideology. Re-Press. Melbourne. 2008.

(21) Chantal Mouffe (ed). The return of the political. London. Verso. 1992.

(22) Geoff Boucher. The charmed circle of ideology. A Critique of Laclau and Mouffe, Butler and Zizek. Re.press. Melbourne. 2008.

(23) Slavoj Zižek. The ticklish subject: the absent centre of political ontology. Verso. London. 2000.

(24) Para mayor detalle, ver Cristian Gillen. Cómo superar el neoliberalismo. Op. cit.

 


 

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