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  POLÍTICA

 

LA DEMOCRACIA PARLAMENTARIA.

SU LÓGICA

 

CRISTIAN GILLEN

 

Uno de los problemas ideológicos centrales que enfrenta el modelo capitalista neoliberal, es el lograr legitimar la democracia parlamentaria en el marco de un proceso de concentración creciente del poder económico y político. En la democracia liberal, cuyos fines como la "libertad" y la "igualdad" se deprecian cada vez más debido a una pobreza en aumento y a que las posibilidades de encontrar un empleo estable se desvanecen. La igualdad de oportunidad económica se ha convertido en un mito y la libertad de los que no cuentan con recursos resulta ser una simple burla.

La democracia parlamentaria exhibe en el presente, de manera cruda, su papel de sistema político, que tiene una tendencia selectiva estructural a favorecer al capital, y que expresa en cierta medida la correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo a nivel mundial. Habrá que revertir la situación señalada, con el fin de establecer otro tipo de democracia, en que se garantice la participación colectiva de la población organizada.
Los grupos, fracciones de clase y clase dominante han ido construyendo su hegemonía a nivel político e ideológico, teniendo como punta de lanza la denominada democracia representativa. De manera sistemática, pero también con gran astucia, han logrado hacer creer a los trabajadores, campesinos, intelectuales progresistas, pequeños productores, a los partidos políticos que dicen luchar por otro tipo de sociedad, que este tipo de sistema político es el único capaz de construir un mundo justo, y que, a lo más, habría que hacerle algunos ajustes para que represente mejor a la sociedad en su conjunto, como si ésta fuera una realidad compuesta por individuos iguales.

La democracia parlamentaria procura alienar a la población para que ésta acepte el postulado central del proyecto liberal, que consiste en presentar lo político disociado de lo económico, así como de potenciar el individualismo al pretender que el voto individual sea la expresión máxima de la democracia. El proceso de sedimentación de este tipo de democracia y de sus valores adyacentes en la población ha llevado a que gran parte de los sindicatos, que son los representantes formales de los trabajadores, así como los partidos, tiendan a desconectar sus demandas económicas de las políticas, mermando de esa manera sus posibilidades de liberarse de la lógica del capital, que articula como una unidad indisociable los aspectos antes mencionados en los diferentes procesos del trabajo, en los distintos espacios, en que se desarrollan dentro de la sociedad. Los sindicatos canalizan sus requerimientos económicos para mejorar sus condiciones salariales y de seguridad laboral en las unidades productivas, y los partidos atienden las demandas políticas de los trabajadores a través de los Parlamentos.

La democracia representativa, en su versión neoliberal, está lidiando por la restricción o eliminación de los espacios sociales que sirven para que la población establezca sitios de contestación participativa al modelo político y económico imperante. Ello se ha logrado, en gran medida, subordinando estos espacios a la lógica normativa de la democracia representativa, que cada vez más deviene un verdadero "mercado político". En este "mercado político", se puede percibir que los intereses capitalistas son los que legitiman la democracia, y cómo la validez de la ley está sujeta a su eficiencia capitalista. La tendencia a hacer desaparecer los espacios sociales de participación ciudadana ha sido potenciada por el estado de guerra total al que el planeta ha sido sometido por el imperio norteamericano, el cual va contra toda apertura de espacios sociales de concentración participativa ciudadana, que puedan poner en juego sus políticas de disciplina y control imperial del mundo. Estas nuevas tendencias conducen a que, en nombre de la democracia, las naciones devengan más autoritarias y totalitarias.

La eliminación o distorsión sistemática de los principios éticos y morales, que legitimaban la democracia con el fin de que respondiese mejor a los deseos de dominación imperial neoliberal después de la culminación de la guerra fría, han conducido a que la democracia se subordine cada vez más a la lógica de la fetichización de la mercancía. La democracia representativa se ha convertido progresivamente en un simple mecanismo de mercado: los votantes son los consumidores, y los políticos los empresarios. Lo señalado se puede apreciar en la práctica en el marco ético en que opera el poder legislativo en los Estados Unidos, país que es el principal propulsor de la democracia parlamentaria, que no tiene como finalidad prohibir la corrupción, sino legalizarla y hacerla en lo posible más transparente. Con ese propósito, en los Estados Unidos la compra de los políticos "empresarios" para favorecer los intereses de los grandes consorcios se consideran "contribuciones". Bajo esta lógica de potenciar la política como mercancía, los "empresarios" políticos, que venden sus servicios al mejor postor, han sido los promotores más activos para lograr la mal denominada "desregulación", que no es más que otra forma de "regulación" a favor de los ricos y los que sustentan el poder político.

El basamento cada vez más mercantil de la democracia representativa, no es responsable solamente del incremento alarmante de la corrupción y de la eliminación progresiva de los espacios de participación en la denominada sociedad civil, sino que atenta contra la esencia misma del concepto de democracia liberal. Pone en juego la legitimidad de esta última, ya que en su nombre se desea homogenizar los valores y prácticas políticas, siendo éstos impuestos desde arriba por el Imperio del norte en alianza con los organismos internacionales que están a su servicio, principalmente el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio. Felizmente, a este accionar político mundial se vienen oponiendo nuevos movimientos sociales para resistir creativamente a estas formas de dominación.

El discurso dominante de las luminarias, según el cual estaríamos en el camino de un progreso bajo la guía de la ciencia y la tecnología que nos conduciría inevitablemente a la democracia, ya no tiene validez en términos de hacer avanzar la dignidad humana así como de asegurar una vida material adecuada para la gran mayoría de los seres humanos del planeta. El siglo veinte, que ha sido el que más intensamente utilizó la ciencia y la tecnología en la historia humana, generó dos guerras mundiales, el holocausto, Hiroshima, Vietnam, Rwanda, Bosnia, Kosovo, Granada, entre otros. Además, no condujo a la democracia sino al fascismo, nazismo, al neoconservadurismo autoritario en el principal imperio, así como a dictaduras y gobiernos de características totalitarias en la periferia.

En América Latina, en los años 1950 y 1960, la escuela desarrollista, siguiendo los dictados de las luminarias, planteaba que con la modernización y la industrialización, se lograría automáticamente la democracia. Las dictaduras eran vistas como vestigios precapitalistas. Sin embargo, los hechos han demostrado cuán equivocados estaban estos planteamientos. Si bien las dictaduras de los 1970 y 1980 han sido reemplazadas por democracias formales, se han potenciado las injusticias sociales, políticas y económicas, mostrando la incapacidad de este tipo de sistema político “democrático” para resolver las grandes diferencias que existen entre ricos y pobres, así como de mejorar las condiciones de vida económicas, políticas y culturales de la mayoría de la población.

La modernización política en África se encuentra en una profunda crisis. Ni los países con un solo partido, ni los liberales con un mercado supuestamente libre están solucionando la problemática política, social y económica. Por el contrario, esta modernización política importada del centro del sistema es responsable directa de su agravamiento. En Asia pasa algo similar. Los regímenes, por lo general, son autoritarios, y las democracias formales que existen están en crisis, como lo revelan los sucesos que se dieron en Indonesia, Malasia, entre otros.
Las formaciones centrales, como Estados Unidos y las existentes en Europa, donde rige una democracia que es fundamentalmente formal, evidencian un fenómeno de agotamiento que se expresa en una total apatía hacia el hecho de votar  que se está potenciando de manera creciente. Los partidos ya no son verdaderos órganos de participación ciudadana, sino burocracias que funcionan de acuerdo a los intereses de la elite política y de los que los financian. En Estados Unidos, los dos principales partidos tienen como una de sus funciones centrales recaudar dinero de las grandes transnacionales e implementar astutamente sus dictados para proseguir consiguiendo fondos.

LA EXPANSIÓN MUNDIAL DEL CAPITAL Y LA DEMOCRACIA

El proceso de mundialización del capital que adquirió fuerza después de la caída de las “barreras”, que los denominados países socialistas ponían a su expansión, está imponiendo una dinámica de nuevo tipo que viene transformando el sistema internacional de poder, que se sustentaba en buena parte en los Estados nacionales. Han emergido nuevas tensiones entre los gobiernos nacionales y los agentes transnacionales, lo cual viene produciendo, tanto a nivel interno de los países como mundial, modificaciones en las estructuras del poder, así como en la lógica de la interrelación entre lo político, económico y cultural.

La nueva correlación de fuerzas a nivel mundial entre grupos, clases, Estados y agentes transnacionales está modificando de forma marcada las funciones reguladoras entre lo nacional e internacional, y lo público y privado, en el marco de una tendencia que cada vez más propugna eliminar las fronteras entre ellas. Mientras que los capitalistas proclaman la "desregulación", lo que realmente están realizando, es un proceso de subordinación de la regulación doméstica a la internacional y además de la lógica de actuación del Estado a favor de sus intereses.

Este complejo proceso que quiere presentarse como neutro, en cuanto respondería al dictado espontáneo del mercado, incide en la estructura y funcionamiento del Estado, eliminando prerrogativas en determinados campos que privilegiaba el Estado keynesiano en su versión central y periférica, pero promoviendo otras, especialmente aquellas destinadas a considerar al trabajador sólo como costo y no como un recurso, tal como lo concebía el Estado benefactor. Lo anterior conlleva asimismo a que el nuevo Estado neoliberal que viene construyéndose socialmente, le otorgue más atención a las funciones tendientes a reprimir en un mayor grado a los trabajadores y desempleados, fomentando políticas tales como la de  "tolerancia cero". Por otro lado, este nuevo Estado procura hacer desaparecer sus instituciones y funciones de programación y planificación, sustituyéndolas por aquellas que supuestamente incrementarían y regularían la competencia, pero ello con la idea de lograrla deprimiendo el salario, y no mediante el aumento de la productividad del capital y de la rotación de éste. Asimismo, el Estado neoliberal tiende a priorizar medidas de corto plazo ligadas a la coyuntura sobre aquellas que inciden en el desarrollo estructural del mediano y largo plazo, incitados por la voluntad de maximizar ganancias en el corto plazo.

El nuevo Estado neoliberal, particularmente el periférico, está siendo forzado siempre más a negociar con las transnacionales, y a través de este proceso, ceder siempre mayor poder a éstas, lo que les posibilita a las grandes corporaciones afianzar sus estrategias y tácticas con el apoyo decidido de sus gobiernos. En estos procesos denominados de negociación, que son más bien de subordinación de los Estados nacionales, se logra que los gobiernos, mediante actos legislativos, favorezcan al "capital global" con respecto al nacional  (exoneración de impuestos, etc.).
El Estado, en el marco de sus nuevas funciones, que consisten en sustentar gran parte de su crecimiento en las inversiones foráneas, especialmente en los sectores primario y energético así como de financiamiento externo, crea una regulación legislativa para esencialmente proteger los "derechos" del capital denominado global, garantizando sus contratos y títulos de propiedad, y se convierte así en el principal defensor de los reclamos de este último y agente represor de aquellos que intenten o lesionen las prerrogativas de los representantes de las transnacionales. Como se puede percibir, el Estado no desregula, como se pretende para hacernos creer en una supuesta neutralidad del accionar del Estado frente al mercado, sino que regula a favor de los poderosos contra los intereses de la mayor parte de la población. Esta tiene que sufrir una constante disminución de su ingreso real para que la competitividad del "capital global" y las exportaciones se incrementen, ello con el objetivo de poder cumplir con el pago de la deuda externa.

Como se puede notar de lo antes planteado, el Estado neoliberal que ha surgido de las entrañas del Estado keynesiano no es más chico ni menos burocrático, como lo proclaman los defensores del neoliberalismo. Lo que en realidad ha sucedido, es que el Estado es más dependiente de los intereses foráneos y de los poderosos, y por lo tanto, menos digno y legítimo desde la perspectiva de las mayorías nacionales. De ahí la oposición permanente de los nuevos movimientos que se están desarrollando a nivel local, regional, nacional y también mundial, lo que crea una situación de inestabilidad que difícilmente podrá contener la "democracia" convertida cada vez más en un "mercado político".

TEORÍAS CLÁSICAS DE LA DEMOCRACIA

La democracia, no tiene una sola concepción teórica, como comúnmente se cree. Veremos que, lo que existe realmente, son distintas percepciones democráticas que abordan de manera diferente el papel del individuo y la colectividad en la vida política, económica y cultural. Sin embargo, cabe señalar que las democracias que se han dado en el capitalismo en el tiempo y en el espacio, tienen un aspecto en común: la visión individualista de la sociedad. Ésta se originó como producto de: las teorías contractuales de los siglos XVII y XVIII, en las que el poder soberano lo ejercen los individuos libres e iguales; el nacimiento de la economía política, donde el individuo es el sujeto.

La concepción capitalista de la democracia o democracias, según la cual la sociedad política está compuesta por individuos que se ponen de acuerdo entre sí, excluye la existencia de grupos, clases, asociaciones de diversos tipos, partidos políticos, entre otros. Esta visión ideológica de la realidad capitalista, no le posibilitó percibir que son las categorías sociales antes señaladas y no los individuos los principales protagonistas del que hacer político en las formaciones sociales capitalistas contemporáneas.

Como ya se señaló, existen maneras distintas de conceptuar la participación democrática. Por un lado, tenemos la que propiciaron Bentham y James Mill, y por otro, la de Rousseau, que fue utilizada por John Stuart Mill y Cole para impulsar un sistema más moderno de democracia. Bentham y James Mill tenían una visión bastante pragmática de la democracia, focalizándose básicamente en los "arreglos institucionales". Para ellos, el papel de la participación del pueblo era limitado, orientándose básicamente a asegurar los intereses privados de cada ciudadano. Rousseau, en su teoría política, tenía una concepción más amplia de la participación que iba mucho más allá de la protección de los intereses individuales, por cuanto tomaba en cuenta el efecto psicosocial de los que participaban, debido a que se planteaba una interacción entre las instituciones y los individuos. El sistema político de Rousseau estaba encaminado a formar un individuo social responsable y que el accionar político se desarrolle mediante un proceso participativo.

John Stuart Mill veía la participación en términos similares a los de Rousseau. Consideraba que si un individuo sólo se concentraba en sus asuntos privados y no tenía una participación activa en los asuntos públicos, sus capacidades para realizar acciones públicas se mantendrían subdesarrolladas. Mill le otorgaba gran importancia a la participación en las funciones productivas y de otra índole que generaba la industria dentro del capitalismo moderno por su papel educativo. Asimismo, privilegiaba la intervención activa a nivel de los gobiernos locales. Con el fin de que se pueda dar una participación real en la industria, Mill postulaba a una transformación de las relaciones de autoridad, para lo cual tendría que establecerse un sistema de elección de los gerentes por los empleados, tal como se hacía con los representantes a nivel local.

Cole, siguiendo la línea de pensamiento de Mill, afirmaba que era la industria la que creaba las condiciones para la verdadera democracia. Su teoría de "Guild Socialism" (Socialismo corporativo), se sustentaba principalmente en la hipótesis teórica de Rousseau de que es la voluntad y no la fuerza la base de la organización social y política. Los hombres deberían cooperar en asociaciones para satisfacer sus necesidades. Dentro de esta perspectiva, definía la sociedad como un "complejo de asociaciones que se mantenían juntas por la voluntad de sus miembros" . No limitaba el principio democrático a la esfera de la política, sino a las otras formas de acción social, especialmente en la industria.

La concepción pragmática de la democracia de Bentham y James Stuart ha tendido a tener mayor influencia en Estados Unidos, donde se ha impuesto como el modelo ideal de democracia, especialmente en la periferia que está bajo su dominación. La doctrina anglo-sajona no lidia con aspectos de principios y define a la democracia principalmente en función a su relación con las técnicas y procesos supuestamente democráticos. En Francia y gran parte de Europa, la democracia adopta un punto de vista más racionalista, preocupándose en mayor medida de las cuestiones conceptuales. Las posiciones democráticas empíricas y las racionalistas, se mueven a diferentes niveles de abstracción. Mientras que los europeos, por lo general, están inclinados a privilegiar la categoría "pueblo", los anglosajones se refieren a "gobierno".

Rousseau, aparte de tener una influencia en la concepción más racionalista de la democracia, incidió igualmente en el desarrollo de una visión más intransigente de la democracia, debido al énfasis que puso en el hecho de que la voluntad general sólo podía discernirse si el esfuerzo provenía del pueblo y no sólo de una parte. La idea que se tenía de la gente se limitaba a aquella que se identificaba con la voluntad e interés general. Los que estaban en desacuerdo con ello no pertenecían a la nación. Esta forma de concebir la nación devino en un argumento político importante que fue utilizado por los jacobinos, Babeuf y Buonanote.

Robespierre, como buen discípulo de Rousseau, pensaba que la voluntad general de la verdadera mayoría popular no podía identificarse con la mayoría o minoría parlamentaria. Por otro lado, Saint-Just planteaba que la libertad se lograba cuando la voluntad general podía expresarse como una unidad indisociable del pueblo. Saint-Just era incapaz de ver en las partes un medio para expresar y organizar las distintas tendencias de la opinión pública. La democracia propiciada por los jacobinos era la de un solo partido. Toda reunión pública que no fuera organizada por los clubes jacobinos era prohibida y considerada subversiva por cuanto atentaba contra la unidad del partido.

A finales de 1794, Babeuf retomó el pensamiento político de Robespierre, promoviendo lo que él y Buonanote denominaron "el comunismo igualitario". Para ellos, la propiedad de los recursos y la organización de la producción y la distribución deberían estar a cargo del Estado. Babeuf consideraba que se debía subordinar la Asamblea legislativa al control del pueblo, sin embargo, mostraba una gran desconfianza con el pueblo debido a que "la mayoría siempre es partidaria de la rutina y la inmovilidad". Para Babeuf y sus partidarios, existía un gran peligro de que la mayoría, por su indiferencia, sea dominada por la minoría.
Babeuf y Buonanote ponían el énfasis en el papel de los líderes en la conducción del proceso político. Lo que denominaban la democracia revolucionaria debía sustentarse en la obediencia y lealtad de las masas a sus dirigentes. No debería confiarse en las masas ni en la selección de sus líderes, por lo menos al inicio de la revolución. La selección tendría que dejarse al partido de la vanguardia. Para Buonanote, se requería de una autoridad fuerte animada por una única voluntad de establecer la igualdad en una sociedad corrupta. Las tareas centrales de la revolución según Babeuf y Buonanote eran: la eliminación de la oposición y la instauración de un sistema de educación intenso y de propaganda. La prensa debería enmarcarse en los principios proclamados por la sociedad en abstracto, y no expresar opiniones contrarias a los sagrados principios de la igualdad y soberanía de la gente.

Esta visión de la tendencia totalitaria de la democracia que se sustentaba en la individualidad, fue superada en el siglo XIX por teorías más colectivistas donde el análisis de la sociedad se realizó en función a las clases. Para Jacob Talmon, la visión totalitaria de los jacobinos, así como la de Babeuf y Buonanote, habrían tenido gran influencia en la visión del sistema político que impuso Stalin en la ex - unión Soviética.

Lo último señalado se sustentaría en que, en el denominado socialismo real, el partido único era el representante exclusivo de los trabajadores vistos como una unidad homogénea, además se consideraba como la alternativa a las formas tradicionales de representación. Sin embargo, el “socialismo real”, que no fue sino otra forma de capitalismo donde el Estado fue el centro de su dinámica y funcionamiento, no generó concepciones de representación y de la democracia que fueran fundamentalmente distintas a las vigentes en el capitalismo privado "regido" por el mercado, lo que llevó a los “socialistas” a privilegiar el concepto capitalista de soberanía, pero dentro del marco de garantizar la unidad del partido.

TEORÍAS CONTEMPORÁNEAS SOBRE LA DEMOCRACIA

Las teorías democráticas más actuales han buscado legitimarse presentando la democracia como un “método político” neutro, constituido por un conjunto de arreglos institucionales, que pueden ser utilizados por cualquier agrupación política independientemente de su posición ideológica. El aspecto central de este “método” es la competencia entre los líderes políticos por los votos del pueblo. La participación, en esta concepción de la democracia, es limitada y circunscrita a la defensa de los intereses privados.
Esta percepción del sistema político democrático en el capitalismo actual, se sustenta en el empirismo o en la lógica descriptiva de los hechos, en relación a las actitudes y comportamientos de los individuos en la política, especialmente en lo que se refiere al proceso de elecciones, por cuanto de acuerdo al “método político democrático”, sería mediante las elecciones que la mayoría podría ejercer un control sobre sus líderes metamorfoseados en elite política. Asimismo, sería a través de éstas que se garantizaría la estabilidad del sistema político.

Esta conceptualización empírica e instrumental fundamentada en la línea de pensamiento de Bentham y James Mill , y no en la de Rousseau y John Stuart Mill, intenta de manera sistemática de sedimentar su supuesta “neutralidad” en la conciencia de la población, y de esa manera, obviar las implicancias normativas que esta teoría lleva inmersa. Esta supuesta “neutralidad”, que los promotores de estas teorías democráticas contemporáneas defienden, tiene graves implicancias políticas por cuanto sirve para “globalizar” el sistema político anglo-americano, que se sustenta principal-mente en el pragmatismo de Bentham y James Mill. Con el fin de hacer más creíble, y por lo tanto, legitimar la "neutralidad" del sistema político, especialmente de Estados Unidos e Inglaterra, se promueve la necesidad creciente de "expertos" para poder dar cuenta en forma más "científica" de la vida política, que deviene, de manera creciente, más compleja. Para estos autores de la teoría sobre la democracia contemporánea, convertidos en verdaderos tecnócratas de la política, la iniciativa en el accionar político estaría cada vez mayor en los "braintrusts" y en la investigación del mercado de la política.

Esta línea de pensamiento oficial sobre el sistema político tiene como ideólogo central a Joseph A. Schumpeter. Este, al igual que Bentham y James Mill, se focaliza en los "arreglos institucionales", y le otorga una participación limitada al pueblo. Para Schumpeter, "la democracia es un método político, eso quiere decir, un cierto tipo de arreglo institucional para llegar a decisiones políticas, legislativas y administrativas" . En su teoría, ponía gran énfasis en la competencia entre los líderes políticos por el voto del pueblo. Schumpeter comparaba la competencia política por los votos con la forma en que funciona el mercado de mercancías. Los votantes serían como los consumidores que eligen entre los distintos productos políticos ofrecidos por los líderes de los partidos. Ven a éstos como empresarios políticos que compiten por contar con el favor popular y conciben a los partidos como las asociaciones económicas recaudadoras de fondos para promover el mercado político. Ello significa que Schumpeter, en un capitalismo más desarrollado, se da el lujo de profundizar el pragmatismo de Bentham y James Mill y hasta hace de la política un verdadero mercado capitalista centrado en el valor de cambio. Los denominados expertos políticos, siguen en grandes rasgos esta línea de pensamiento, aunque insistiendo más que Schumpeter en lo que respecta a la estabilidad del sistema político. Entre ellos están: Sartori, Berelson, Dahl, Eckstein, y también Bobbio, aunque este último postula por una concepción socialista, apoyándose en el liberalismo.

Norberto Bobbio apoya un sistema político sustentado en la competencia entre diferentes partidos por el voto popular. Las razones que alega para defender este tipo de democracia son que el mundo moderno es individualista, y que la complejidad de la sociedad moderna conduciría a la necesidad de que los representantes, expertos en política, desempeñen de manera más eficiente la labor política que las personas ordinarias. Dentro de esta visión de la democracia, Bobbio le otorga un papel relevante al liberalismo, porque "está basado en una concepción filosófica que, nos guste o no, dio origen al mundo moderno: la concepción individualista de la sociedad y la historia".
Bobbio, a diferencia de los autores antes tratados, piensa que la democracia no ha podido penetrar en otros campos de la sociedad, aparte del espacio político. Su papel, según Bobbio, ha sido prácticamente inexistente dentro de las grandes empresas y la burocracia. También es crítico de la forma en que se están dando las elecciones, en cuanto se estaría generando un "clientelismo" en el que el voto se cambia por favores políticos. Por otro lado, los representantes elegidos por el pueblo formarían un grupo que defiende más su interés como grupo que el del pueblo que lo eligió.
Bobbio, como miembro del partido socialista italiano, plantea un camino al socialismo en el cual se respetan las instituciones liberales existentes en el capitalismo. Las estrategias que propugna para lograr un socialismo significativo en el marco antes señalado son: realizar reformas estructurales desde arriba; y promover una extensión democrática desde abajo. Sin embargo, nunca mostró mucho interés en la estrategia de cambio estructural, y más bien se centró en propiciar la democratización progresiva de la sociedad civil. Lo planteado lo conduce a tener una concepción del socialismo que pone énfasis en la ampliación de las reglas democráticas en la fábrica, dentro del capitalismo, más que en la transición del capitalismo al socialismo. Según Perry Anderson, la conceptualización del socialismo de Bobbio, que se centra en la democracia económica, llevaría a legitimar el orden político existente.

Como se puede apreciar del análisis de la teoría contemporánea sobre la democracia, ésta ha tendido a privilegiar una de las tendencias de los teóricos considerados clásicos de la democracia, dejando de lado la vertiente que no se limitaba a un papel principalmente descriptivo sino fundamentalmente valorativo, y que hacía resaltar los ideales que deberían lograrse mediante la democracia, por supuesto que dentro del marco del individualismo que propugnaba.
Hay que señalar sin embargo, que el énfasis contemporáneo en una visión pragmática de la democracia, no significa de ninguna manera que no se haga uso de un conjunto de criterios valorativos para evaluar los sistemas políticos, y determinar cual es "democrático" . Si uno hace un análisis detenido de estos criterios, se puede percibir que son inherentes a los sistemas anglo-americanos, y por lo tanto, lo que promueven como ideal democrático a alcanzar es el impulsado por el máximo imperio del mundo, que ha mostrado que más que luchar por extender una verdadera democracia, lo que está haciendo es ampliar su dominación a través de un proceso de afianzamiento de una democracia formal que no se ajusta a la estructura social de los distintos países del planeta, sobre todo en los periféricos, donde su control es mayor.
El tipo de democracia moderna, tal como ya se mencionó, postula por una participación limitada de los ciudadanos, la que está circunscrita al parlamento, en el que en la práctica concreta los profesionales de la política que lo componen legislan fundamentalmente a favor de los intereses de los que financiaron sus campañas, los poderosos económica y políticamente que ejercen una presión permanente a través de múltiples vías, así como por las propias motivaciones que tienen como grupo, con el fin de mantenerse y reproducirse de manera ampliada. Además de la participación antes señalada, el Estado se caracteriza por el autoritarismo burocrático en la ejecución de las medidas legislativas o de otra índole, también en sus actividades educativas y culturales en general, y ni que decir de su aparato coercitivo.  En las empresas de la sociedad civil, donde una gran mayoría de la ciudadanía labora y reproduce su vida cotidiana, impera la jerarquización, lo que atenta contra la creatividad y favorece la alienación y cosificación de la población.

En la periferia, la crisis del sistema democrático parlamentario se potencia, lo que ha llevado a algunos pensadores sociales a plantear formas nuevas de democracia para este tipo de formaciones sociales. Así tenemos que Samir Amin postula para estos países una "democracia avanzada", que tendría que sustentarse en la "democracia jacobina".
Este planteamiento de Samir Amin, más bien conduciría a formas democráticas autoritarias, por cuanto los jacobinos sustentaron su democracia en la eliminación de la oposición, y en el partido único, tal como lo señalamos al analizar la evolución histórica del sistema democrático. No hay que olvidarse que un jacobinismo modernizado surgió como parte de los procesos de liberación nacional que se dieron en África y también en Asia. A este jacobinismo actualizado, Clifford Geertz lo denomina "sistema de movilización", que habría emergido como producto de la pérdida de legitimidad del sistema político sustentado en la democracia parlamentaria. Este nuevo jacobinismo tuvo como sus tesis centrales: su fe en el progreso, la industrialización acelerada, y la lucha por alcanzar la armonía. Se caracterizó principalmente por el desarrollo de una autoridad central fuerte, y la institucionalización de valores nacionales. Las experiencias de este tipo de democracia han tenido en la cúspide del sistema político a un líder carismático que nunca pudo legitimar integralmente el régimen.

Aparte de las críticas antes expuestas, hay algunos señalamientos relevantes efectuados por Marx y Engels a la democracia capitalista que permiten aclarar aún más la esencia de este tipo de sistema político. Marx y Engels, en su crítica a la democracia, ponen un énfasis especial en desentrañar la lógica que existe detrás del parlamentarismo, que pretende hacer creer a la población que es la fuente de la soberanía, del poder y que representa a los verdaderos creadores de los eventos políticos. Igualmente procuran desenmascarar el proceso eleccionario en sí, que pretende ser el reflejo de la opinión pública, porque constituirá  "una fuente profunda de autoridad moral, como si fuera el basamento del poder popular”.

Marx es muy crítico de la concepción individualista de la democracia burguesa, por cuanto ésta no supera la visión "del hombre egoísta más allá del hombre como miembro de la sociedad civil, eso es, un individuo dejado a sí mismo, en los confines de su interés privado y caprichos individuales, separados de la comunidad”. Por otro lado, analiza en términos políticos la "apariencia" de libertad de la cual este sistema se propone hacer alarde. Señala la "hipocresía" de la supuesta libertad que la democracia genera, y pone de esa manera al descubierto la lógica burguesa que consiste en encubrir el hecho que la sociedad está dividida en clases. La separación de la sociedad en Estado y Sociedad civil sirve para este propósito, creando la ilusión dual de un individuo que sólo obedece a los dictados de su voluntad racional y del desarrollo de una competencia en el mercado que opera de manera autónoma del Estado.


 

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