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  POLÍTICA

 

 

LOS ORÍGENES DE LA POLICÍA
DE LA ERA ANTIGUA A LA EDAD MEDIEVAL
Por NICOLE SCHUSTER

     La institución de la policía, tal como la conocemos en la actualidad, es relativamente reciente en la historia, pues se consolida formalmente en el siglo XIX. Sin embargo, rasgos de una fuerza de seguridad pueden encontrarse en los países antiguos dotados de una estructura estatal y administrativa, como en Egipto. Es así que, bajo el antiguo imperio, se crearon cuerpos especializados que se repartían la tarea de salvaguardar el orden terrestre y fluvial(1). Tenemos a los Saou-Perou, miembros de las tropas de vigilancia asignadas al mantenimiento del orden en el campo y a la recolecta de los impuestos; a los Nuu (o Nouou), que constituían grupos de vigilantes semi-nómadas, responsables de la seguridad de los caminos comerciales y de las rutas por las que transitaba la producción minera(2); así como a los Medjay, de origen nubio, que, en los años 1400 antes de nuestra era, se presentaban en tiempos de guerra como una milicia encabezada por un Comandante del Ejército, y en tiempos de paz se convertían en una fuerza policial(3). Tenían por rol proteger al país de las incursiones de invasores como los hicsos y libios(4). Los Medjay, que fueron integrados a los Nouou, iban acompañados en sus misiones de patrullaje por perros de guardia con los cuales perseguían a los criminales y extranjeros(5). Su condición física robusta les permitía adaptarse a las condiciones rigurosas de las zonas desérticas puestas bajo su responsabilidad(6).
     Existe entre el vocablo policía y la idea de organización de la sociedad una correlación que fue puesta al descubierto apenas se inició la institucionalización de la policía en los tiempos modernos y cuyas raíces etimológicas se encuentran en el concepto griego antiguo de “politeia”, el cual, según Leo Strauss es:
“una forma de gobierno, una manera que tienen los seres de organizarse en función de la institución de un poder capaz de tomar bajo su custodia los asuntos interiores y exteriores de la ciudad”(7).
     Atenas disponía de un cuerpo de policía cuyos miembros eran llamados “escitas” (o “skolotes”) por ser presuntamente esclavos originarios de la región homónima(8). Eran ballesteros(9) especializados al servicio del Estado. Se supone que inicialmente formaban un contingente de tres cientos hombres que luego alcanzó la cifra de un millar(10). La tarea de esos “policías” era principalmente la de escoltar a los magistrados, de forzar los ciudadanos ateneos a asistir a las asambleas en la Ágora, de expulsar los elementos alborotadores de ésta, de cuidar las minas(11) y de asegurar la policía de los mercados. Como lo señaló Moses Finley, historiador de la sociedad antigua griega, este número reducido de esclavos no constituía una policía en sí(12), en el sentido como la concebimos hoy. Empero, su misión de velar al buen funcionamiento de las actividades en la Ágora pone de relieve el vínculo que tiene con la vida política.
     Bajo la República romana, el término politeia se transformó en politia, que significa “república”, “gobierno de la multitud”. En esa misma época se consolidó una cierta forma de policía heredada de la antigua República romana y que era conformada por los “lictores”. Los lictores, cuyo término proviene del verbo “ligare”, que equivale a “atar, ligarse a, llevar consigo”, disponían del imperium, o sea del poder de ejercer la coerción para hacer respetar las normas del orden y de la seguridad dictadas por la Res pública(13). Asimismo, protegían a los magistrados colocados bajo su custodia, lo cual se traducía en el facilitar el desplazamiento del alto funcionario abriéndole el camino entre la gente por medio de un utensilio, los “fasces” (o “haz de lictores”), que simbolizaba su imperium, su poder coercitivo, y que Rómulo hubiera sido el primero en usar(14). Los fasces eran formados de un conjunto de 30 varas unidas entre sí a las cuales era atada un hacha. Las varas se utilizaban para flagelar a los ciudadanos que no se plegaban a las reglas públicas, mientras que con el hacha se podía matar a los elementos insubordinados que cometían actos de mayor gravedad(15). Con esa herramienta, el lictor tenía un poder discrecional absoluto que le permitía decidir, siguiendo las instrucciones del magistrado que resguardaba, sobre la vida o muerte de los sujetos romanos.
     Durante el periodo romano imperial, se instauró un sistema policial compuesto de cohortes de vigilantes. Bajo la responsabilidad del prefecto de la ciudad, y con la asistencia de la Guardia pretoriana, las cohortes urbanas mantenían el orden público realizando patrullajes diurnos y nocturnos, así como el servicio de lucha contra los incendios. En Roma, dos grupos de agentes eran encargados de detener los delincuentes para luego llevarlos a la cárcel: los frumentarii o peregrini y los statores. La tarea de poner fin a los conflictos sociales y sublevamientos incumbía a las tropas militares(16).
     En el siglo XIII, en los albores del aparecimiento del capital, se crearon en Siena, Italia, cinco cuerpos de policía que compartían la tarea de garantizar la seguridad pública en la ciudad(17). En la misma época, en Francia, se organizaban rondas de “burgueses”, habitantes de los burgos. Pero no se puede establecer un lazo de paternidad directo entre ambos tipos de policía y la que opera en la actualidad, por cuanto sus características son totalmente distintas(18), sobre todo si se considera que el régimen señorial francés fue marcado por la existencia no de una policía sino de varias, dado que, a semejanza de los grupos de soldados que hacían la guerra, la policía era directamente ligada al poder judicial(19), el cual se distribuía entre los señores feudales. Cada uno de ellos tenía su ejército y su policía, y no resultaba extraño que ambas fuerzas se fusionasen en una sola.
     A partir de la denominada “Edad moderna” empezó a imponerse en Europa una visión más “racional” del mundo inducida entre otros por científicos como Galileo y Newton, quienes expusieron una nueva forma de elucidar los mecanismos que rigen el universo. A ello se añadió el descubrimiento de nuevos continentes, que repercutió en la mentalidad colectiva y, a su vez, en los aspectos socioeconómicos cotidianos de la vida de las poblaciones europeas. La que más sufrió el impacto de esos cambios paradigmáticos fue la Iglesia, cuyo rol de intermediario entre la sociedad y el cielo fue seriamente mermado, pues perdió el monopolio de interpretación del mundo y de regulación de las relaciones entre humanos que derivaban de aquello. Todo ello se dio en el marco del surgimiento del Estado-nación, el cual se sobrepuso a la Iglesia al adjudicarse la función de gobernar a la población. Pero el Estado no se confinó en su misión de guardián de la nación que empezaba a formarse, sino que, en base a las interrelaciones que estaban tejiéndose entre él y el pueblo, fue proyectándose progresivamente como un ente de poder que era susceptible de ser fortalecido gracias a políticas específicas basadas en la participación de la población en el proceso de creación de riquezas. El régimen mercantilista que se instauró fue decisivo en ese sentido, dado que coadyuvó a la consolidación de un nuevo marco de racionalización fundado en el equilibrio de las relaciones entre Estados y en la expansión del comercio(20). El Estado-nación emergente elaboró políticas externas e internas que contemplaban la consolidación del principio de soberanía fundamentado en dos pilares(21):  

  1. un dispositivo diplomático-militar con la formación de un Ejército destinado a intervenir mediante operaciones ofensivas para salvaguardar el equilibrio de las relaciones entre los países europeos;
  2. y un dispositivo policial pensado para mantener el orden interior en los países europeos(22).  

1 Ver Franco Cimmino, Vida cotidiana de los egipcios, Edición Edaf del Plata, Buenos Aires, Argentina, 2002, p. 62.

2Ver Olivier Engel, La police dans l'Egypte ancienne, en http://www.egypte-antique.com/page-egypte-ancienne-police

3Ver Michael Rice, Who's who in ancient Egypt, Routledge, London, 1999, pp.43-44.

4 Ver Ann Rosalie David, Handbook to Life in Ancient Egypt, Oxford University Press, New York, 1998, p. 232. 

5 Ibid. 

6 Ver Olivier Engel, La police dans l'Egypte ancienne, en http://www.egypte-antique.com/page-egypte-ancienne-police

7 Ver P. Buhler, éd., Chr.Duquoc, E. Fuchs, P. Gisel, D. Hameline, Cl. Lefort, C.E. O'Neill, A.-N. Perret-Clermont, S. Pinckaers, C.-J. Pinto de Oliveira, G.-Ph. Widmer, Humains à l’Image de Dieu, Editions Labor et Fides, Genève, Suisse, 1989, p. 90.

8 Ver Conrad Malte-Brun, Précis de la géographie universelle, Volume 1, Au Bureau des Publications illustrées, Paris, 1845, p. 469.

9 Ver Frédéric Guillaume Bergmann, Les Scythes, les ancêtres des peuples germaniques et slaves; leur état social, moral, intellectuel et religieux, Chez H.W. Schmidt, Halle, 1860, p.23.

10 Ver Moses I. Finley, Economie et société en Grèce ancienne, Editions la Découverte, Paris, 1984, pp. 222-227.

11Ibid.

12 Ver Claude Journès, Police et Politique, op.cit., p. 19.

13 Ver Tanja Zischke, Beiträge zu einer vergleichenden Soziologie der Polizei. Liktoren. Polizei im alten Rom? Universität Potsdam, Berlin, 2008, pp. 57-67.

14 Ver  José Francisco Díaz, Historia Del Senado Romano, Establecimiento tipográfico de Luís Tasso, Barcelona, 1867, pp. 352.

15 Ver Tanja Zischke, Beiträge zu einer vergleichenden Soziologie der Polizei. Liktoren, op.cit., pp. 57-67.

16 Ver Léon Homo, Rome Impériale et l’urbanisme dans l’Antiquité, Editions Albin Michel, Paris, 1971, pp. 149-163.

17 Ver Journès, Police et Politique, op.cit., p. 19.

18 Ibid.

19 Ver M.C. Dareste de la Chavanne, Tome 2, Histoire de l'administration en France et des progrès du pouvoir depuis le règne de Philippe-Auguste jusque la mort de Louis XIV, Chez Guillaumin et Cie, Libraires, Paris, 1848, pp. 289-293.

20 Esta visión del Estado se sitúa en la línea foucaultiana.  Ver Michel Foucault. Sécurité, territoire, population, op.cit.

21 Sin embargo, el proceso de diferenciación entre ambos cuerpos culminó de manera definitiva en el siglo XX.

22Ibid., p. 304.


 

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