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  POLÍTICA

 

La educación pública
y la potenciación del hombre como mercancía
 
Por Cristian Gillen
 
En el proceso de hacer a nuestro país mas dependiente de los valores culturales, políticos y económicos foráneos se vienen realizando un conjunto de acciones en el sector público educativo que van contra un proyecto solidario, popular y nacional.
La última de estas intervenciones tendientes a tratar de eliminar cualquier rasgo soberano y solidario que todavía quedaba en el sistema educativo público, fue de orquestar un proceso bastante alienador de selección de profesores.  Lo anterior se viene haciendo en base a criterios que circunscriben la educación a una lógica ultra positivista, que la concibe como una empresa, y que se oriente a constituir una fuerza de trabajo, que tanto subjetiva como objetivamente, pueda servir al gran capital foráneo financiero, minero, agroexportador y comercial (especialmente de las grandes compañías importadoras con fuertes lazos con los principales centros de poder externos).
En otros términos, se trata de subordinar la educación pública al modelo neoliberal periférico, que tanto ha deteriorado el nivel y calidad de vida del estrato más pobre de la población.
Dentro del contexto antes señalado, se contrató por supuesto una escuela de negocios, filial de una universidad norteamericana, para que sea la punta de lanza del proceso de selección tendiente a escoger a los profesores en el marco de una lógica de transformar la educación en una mercancía, donde los estudiantes sean vistos como simples consumidores de instrumentos para potenciar un mercado que ni siquiera es libre sino oligopólico y monopólico.
Este sistema “selectivo” no toma en cuenta la realidad valorativa, teórica y práctica de todo el sector informal y popular de la pequeña empresa, de las organizaciones sociales (comedores populares, madres del vaso de leche, formas asociativas de productores, etc) donde se requiere de un hombre solidario y no de un ser individualista que solo potencia su valor de uso si es que éste le permite maximizar su valor de cambio.
Para dotar de una concepción empresarial periférica a la educación pública, se está privilegiando la razón instrumental que tiene por objetivo central castrar la capacidad crítica de los profesores y alumnos para que se subordinen dócilmente a la ideología dominante neoliberal en su versión periférica y rastrera que tanto mal viene generando al país, pero que ha favorecido al capital foráneo y a los llamados “empresarios”, que sustentan su rentabilidad no en la productividad global, sino en la sobre explotación de la fuerza de trabajo.
Para mermar la capacidad de cuestionamiento de nuestra realidad alienada, se pretende establecer un fetichismo por lo cuantificable y a pensar que existe una neutralidad valorativa que posibilite coadyuvar a mantener el status-quo.
Por otro lado, esta búsqueda desenfrenada y bastante chabacana de un objetivismo pragmático, como supuesta expresión de la concepción científica, tiene en esencia el negar los valores éticos, y el sustituir las concepciones teóricas por técnicas metodológicas, con la finalidad de hacer creer que la compleja problemática educativa se limitaría a cuestiones fundamentalmente de carácter técnico.
Es a través de esta concepción positivista de corte fundamentalmente tecnocrático que el Estado, el capital foráneo y los empresarios vende patria tratan de que la educación pública (porque ya lo hicieron con la privada), responda a la cultura e ideología dominante. A través del supuesto de la neutralidad que postula la educación positivista se quiere hacer creer a la población que los intereses de las clases dominantes representan los intereses de la sociedad en su conjunto, así como que consideren los valores dominantes como universales y hasta eternos.
 
La pedagogía positivista evita la participación de los estudiantes en la construcción de sus propios significados y en la evaluación reflexiva de sus experiencias de clase, raza y sexo a la cual pertenecen. Más bien, la pedagogía utilizada está normada por principios de control, orden y percepción acrítica de la realidad social con el fin de que coadyuve en el proyecto hegemónico de la clase y/o grupo dominante.
La imposición curricular desde arriba en los colegios y otras instituciones educativas a nivel nacional, es una práctica que viene adoptando el proyecto neoliberal – neoconservador para mantener el control político del conocimiento. Ello, por cuanto el currículo esconde valores, normas, tradiciones mediante las cuales las instituciones educativas median y legitiman la reproducción social y cultural de clase, raza y genero. Es debido a lo señalado que las instituciones educativas deben ser vistas como entes políticos destinados a mantener el poder de los grupos hegemónicos. Los libros recomendados en el marco del currículo, especialmente en los colegios, tienden a olvidarse de los conflictos sociales privilegiando la armonía social, y obvian la problemática y la historia de los trabajadores. La historia la conciben en base a actos realizados por personalidades individuales, consideradas como héroes al margen de la fuerza social que representaban y de la organización social en que actuaban.
La televisión, que está participando cada vez en mayor medida en la cultura en general y en la educación, está convirtiéndose en uno de los elementos centrales en la construcción del imaginario de la vida, instrumentando, entre otros, la cultura popular a través de la manipulación. A parte de lo anterior, lo que es relevante es la direccionalidad de la televisión priorizando aspectos como la "manipulación política", la "degradación cultural", la "violencia" y el "sexo" como mercancía[1].
 
Para enfrentar al modelo que conceptúa la educación como mercancía, la educación de nuevo tipo, que deberá desarrollarse tendrá que contener como uno de sus objetivos centrales el desarrollo de una capacidad de crítica de profesores y alumnos que posibilite determinar los distintos mecanismos de poder que existen en el proceso de producción capitalista de los conocimientos y en la formación de los estudiantes. Para ello, hay que analizar de manera crítica la forma como los currículos transmiten: los valores dominantes; inciden en el proceso de trabajo de los profesores y la pedagogía predominante; y, en el marco de lo anterior, formulan un marco para las luchas políticas para cambiar las instituciones educativas y la sociedad.
 
Lo antes planteado permite develar el currículo que se esconde detrás del currículo formal, puesto que, como ya se señaló, la producción de conocimientos en los diversos centros educativos se edifica en base a estructuras ocultas de significación que han sido moldeadas por la ideología y poder dominante, el cual ha logrado imponerse temporalmente con respecto a las posiciones culturales y políticas que defienden los grupos subordinados. Este proceso de reflexión permitirá determinar la relación entre el conocimiento imperante en los entes educativos, y el poder de los grupos privilegiados en la sociedad[2].
 
Para dar coherencia y capacidad de materialización a la teoría educativa propuesta, se requiere de una racionalidad de nuevo tipo que propugne la emancipación, y no una que mantiene el statu quo, como ocurre con la racionalidad positivista y tecnocrática que predomina. En el contexto emancipativo en el cual se enmarca la construcción de la teoría educativa, la racionalidad de nuevo tipo debe sustentarse en los principios de la crítica y la acción para el cambio. Es decir, tiene que posibilitar el manejo creativo del conflicto y la contradicción en beneficio de las causas populares, a diferencia de lo que sucede con la racionalidad instrumental que pretende homogeneizar los intereses entre clases, razas y sexos, que sustentan posiciones antitéticas. La teoría educativa liberadora debe facilitar a los oprimidos la apropiación de sus propias historias culturales, y no como ahora que son eliminadas, producto de la educación tecnocrática positivista. Para ello se debe dotar a los estudiantes de los elementos teóricos para combatir las formas de alienación y reificación a que están expuestos por los valores y prácticas de la cultura dominante. Para alcanzar lo anterior, es fundamental que los estudiantes, así como los profesores, participen activamente en el proceso de la producción del conocimiento que, como vimos, se está centralizando. Dentro de esta perspectiva, se tiene que mantener un diálogo estrecho y permanente con el sector popular de la economía, para conocer su problemática, organización y funcionamiento, a fin de poder coadyuvar decisivamente en la solución de los problemas que confrontan los pobres.
 
Los entes educativos, en el proceso de privilegiar sus vínculos con el sector popular de la sociedad, deben coadyuvar en la constitución de grupos de reflexión y acción en la producción económica, política y cultural de este sector de la sociedad. Este proceso dialéctico de análisis crítico y transformación de la realidad social, política y cultural de los oprimidos debe tender progresivamente a eliminar las fronteras entre la teoría y la práctica, y entre los entes educativos  y el resto de la sociedad.
Dentro del proceso de ir borrando cada vez más las líneas divisorias entre las entidades educativas y la sociedad, es primordial que los centros de enseñanza propicien la ampliación y/o creación de espacios públicos para que los ciudadanos puedan discutir la problemática social y política con el fin de que las personas tengan una voz sobre sus vidas y en el diseño de las formas sociales y políticas a través de la cual la sociedad debe ser gobernada. A través de este proceso de diálogo democrático directo con la población, la pedagogía crítica tiene que nutrirse de los problemas que enfrentan día a día los trabajadores, así como de la cultura popular, con el fin de darle cabida en el proceso de creación de conocimiento a las voces de los que siempre han sido marginados.
 
En el marco de esta lógica participativa y emancipadora, los profesores y estudiantes deben dejar de limitar su papel al de simple emisores y receptores de conocimientos, y convertirse en verdaderos movilizadores culturales que hagan factible que se materialice un proceso de desalienación de los sectores populares, e ir formando progresivamente sujetos de cambio. Como se podrá apreciar, la pedagogía crítica necesita ir desarrollando una nueva forma de actuación tanto de profesores y estudiantes, para que se conviertan en sujetos de transformación política y social.
La pedagogía a fomentar tiene que tender a sustentarse en un currículo de nuevo tipo que debe ser elaborado democráticamente. Para ello se deberá comenzar a reconocer que existen "diferentes posiciones sociales y repertorios culturales en las aulas y relaciones de poder entre ellas"[3].
 
La nueva pedagogía tendrá que transformar la división del trabajo académico destinado a la producción de conocimientos. Se debe revisar la división del conocimiento por disciplinas, que conlleva la concepción tayloriana, por cuanto fragmenta el conocimiento para facilitar el proceso de control y, de esa manera, asegurar la hegemonía de la clase dominante. Asimismo, a medida que los procesos de producción de conocimientos tiendan a devenir cada vez más críticos, y por lo tanto interroguen sus propios presuposiciones, se debe abandonar la búsqueda de métodos únicos y más bien se tiene que incentivar la creatividad en la determinación de teorías y métodos de enseñanza. Es decir, hay que luchar contra la dictadura del método único, que pretende tener la exclusividad en la generación de los verdaderos conocimientos.
 
 


[1] Raymond WIlliams. Television. Wesleyan University Press. Hanover . 1974
[2] H.A. Giroux. Ideology, Culture and the Process of Schooling.   Temple University Press. Philadelphia . 1981.
[3] Michael W: Apple. Cultural Politics and Education. Teachers College Press. New York . 1996


 

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