Libros

NICOLE SCHUSTER

INTERPELACIÓN

SOBRE EL COMPROMISO DE LA LITERATURA Y LA FILOSOFÍA

POR WINSTON ORRILLO

No adoptar una posición política es también una posición política”
Sartre citado por N.S. 

 

Así como así: por obra del mero azar. No sé cómo llega a mis manos un libro de formato sencillo, en el que, sobre un fondo verde-militar, se aprecia una acumulación de nubes de lo que podría convertirse, más temprano que tarde, en un mar proceloso.

Su título: “Interpretaciones políticas de la literatura y la filosofía”; su autora –no tenía el gusto de conocerla:¡todo lo que nos falta por conocer!-: Nicole Schuster, francesa, con estudios universitarios en Filosofía del Lenguaje y Derecho, en su país, y, después, Economía en la Patria de Heidegger (políglota: al igual que el español, domina el alemán, el italiano, el inglés). Ella trabajó en Naciones Unidas y, al dejar esta Institución, se consagró, desde hace década y media, a la investigación sobre la estrategia militar, en especial en las nuevas formas  de táctica militar en la guerra, tema sobre el que ha escrito numerosos artículos. Ahora, en proceso de edición, tiene un libro titulado “Historia de la policía. Analizar para cambiar”, que comprende un estudio sobre la corrupción en el seno de esta Institución, con un programa destinado al cambio, a fin de intentar morigerar esta lacra ad usum.

Sin embargo, ninguno de sus anteriores trabajos tiene que ver con la obra que tenemos en las manos: una verdadera presea en tanto en cuanto sus análisis políticos sobre temas literarios y filosóficos son realizados con verdadero conocimiento de causa, con una erudición precisa –mas nunca sobrecargada- y, sobre todo, con el uso de una visión penetrante –zahorí- que revela la urdimbre de algunos temas otrora sacrosantos, como la democracia griega y demás asuntos concomitantes.

Pero pensamos que no hay nadie mejor que la propia autora para decirnos qué ha pretendido hacer en la obra que reseñamos: “Un autor siempre transmite en sus obras un mensaje que implica el desvelamiento de su percepción de la vida en la sociedad, la cual corresponde a la esfera política. No puede obviar partir de la realidad para escribir y, por ende, no puede dejar de lado la posición que adopta en el mundo, por más que trate de encubrir este hecho alegando que su relato reproduce un entorno de fantasía, de realismo mágico o de ciencia ficción que sería el reflejo de  su dizque imparcialidad´.”(Nicole Schuster: Interpretaciones Políticas de la Literatura y la Filosofía. Prefacio. Pág. 11 ). Y aquí viene la cita de Sartre que hemos usado en el epígrafe.

Y sigue nuestra autora, con su diáfana posición: “Personalmente me identifico con lo señalado por el filósofo francés (se refiere a Sartre: nota de W.O.), a tal punto que me resulta imposible, leyendo o escuchando a alguien, resistirme a la tentación de situarlo dentro de su contexto político. Y creo que, en el marco del cambio discursivo, muchos suelen reconstruir el entorno sociopolítico de una persona o de su relato, lo que les permite entender mejor y juzgar en función de sus criterios el mensaje que el autor/orador se empeña en comunicar” (Ibid).

Y aquí viene un necesario esclarecimiento, que apunta a una indubitable verdad de “nuestro tiempo”.

“…muchos realizan este proceso analítico de forma inconsciente, por lo que están persuadidos de la neutralidad de su posición. Además, la facultad de leer en forma `comprometida´ ha ido mermándose de forma creciente en las últimas décadas porque justamente se está imponiendo una cultura del `consenso´, del apoliticismo. De hecho, las altas esferas que nos dirigen y una corriente de intelectuales a su servicio tratan de `despolitizar´ la vida ciudadana para universalizar el pensamiento económico y político único que el sistema neoliberal, que está ganando terreno en todos los aspectos de nuestra vida, nos impone a la fuerza.”(Ibid)

Creemos que ella ha puesto, cabalmente, los puntos sobre las íes. Ya sabemos, ahora,  en qué terreno nos moveremos. (Que es, precisamente, también el nuestro).

El volumen empieza con una perspectiva novedosa sobre el heroísmo tradicional y sus  representantes, de donde se nos lleva, de la mano, a una visión político-militar de la polis griega con pinceladas reveladoras sobre Sócrates y Platón, vistos desde el espejo irrefutable de la actualidad. Acto seguido, nos ofrece sus puntos de vista sobre las relaciones entre la tragedia y la política aristotélica de la vida, con precisas incisiones en las concepciones filosóficas del autor de la Poética, en lo que atañe a su proyección en los asuntos de la polis.

El lenguaje de Nicole, riquísimo, sus confrontaciones, sus abundantes citas –y, no obstante ello- precisas y preciosas, junto con el uso de variados instrumentos de análisis, nos hace decir que, el suyo, no es un libro para leer, sino para estudiar. (El que esto escribe, verbi gratia, quiere concluir, pronto, esta nota para volver sobre el volumen que, a pesar de su relativa brevedad –poco más de 150 páginas- posee una enjundia paradigmática).

Capítulo particularmente delicioso, para el gusto del suscrito, es el que dedica a Nuestro Señor Don Quijote y el contexto histórico en el que esta obra se desenvuelve, y sus puntualizaciones acerca de la enajenación en el Caballero de la Triste Figura, comparada con la enajenación, común y corriente, de la actualidad. Ella nos presenta al Quijote como lo que fue en realidad: un rebelde contra el orden establecido, es decir, contra el capitalismo, al que muchos (por cierto) temen llamar por su nombre.

“El perfume. Historia de un asesino”, la ya popular novela de Patrick Süskind, le sirve para develar el substrato social en el que se desarrolla (el modelo liberal de los siglos XVII y XVIII), cuyo esclarecimiento hace transparente el desarrollo de esta narración singular, en el buido análisis de Nicole.

Sobre el Surrealismo de André Breton y Louis Aragon, su visión es igualmente polémica y precisa, por sus colisiones con la política del momento.

“Política e Historia. Relato de un matrimonio de larga duración” es un ensayo en el que podemos apreciar otra de las características del estilo ensayístico de la autora: el uso de la ironía  al refutar, con suficientes pruebas, el proclamado apoliticismo de Borges, contradicho, paradójicamente, “por su adhesión al partido conservador”:pero, además, hay, aquí, páginas luminosas sobre la Historiografía como instrumento político y usos de “input-output”, como instrumentos que coadyuvan a lo que ella quiere demostrarnos, apoyada, como siempre,  en certeras citas, esta vez  de Michel Foucault, entre varios otros. Concluye todo esto con un párrafo irrefutable: “Es dentro de este contexto de sumisión al imperialismo y de la entrega de los recursos estratégicos de un país a entidades ajenas a todo proyecto nacional de orden estratégico que se tiene que analizar la validez del simbolismo que usan los gobernantes. Pero quizá, si los gobernantes ya no tienen otros elementos que símbolos y ritos monolíticos que ofrecer a la población (cuando no usan el bastón), ello quiere decir que el Estado es una forma política que se ha vuelto obsoleta y que ya es tiempo de buscar otro modelo de organización social” (Op.cit. Pág. 93).

En “Un universo sin ideales”, análisis de la obra de Bret Easton Ellis, “American Psycho”, Nicole es fulminante en su examen del mundo de las finanzas y los bienes inmobiliarios , con Wall Street y la Bolsa como protagonistas de una obra que revela el “carácter degenerado de su personaje, aun  a riesgo de dificultar la distinción entre ficción y realidad”, sin que ello merme “el toque de realismo que trasluce a lo largo de la narración, tanto más cuanto que, como lo señalan muchos autores, ´la ficción siempre se basa en la realidad y la realidad se nutre de la ficción’” (Subrayado de la autora).(Op.cit. Pág.98).

“Las religiones monoteístas y la construcción de la realidad” es un preciso –y asimismo detenido- análisis del libro  “Tratado de ateología”, del filosofo francés Michel Onfray, quien, ferviente adepto a Nietzsche, critica, demoledoramente, las religiones monoteístas –el judaísmo, el cristianismo y el islamismo-  a través de sus libros básicos el Talmud, la Biblia y el Corán, con sus enseñanzas e incongruencias básicas. En general, todas aquéllas (las religiones) preconizan un pensamiento entreguista y sumiso, ahíto de una influencia política cardinal, así como que todos ellos (los libros sagrados) “parecen haber sido escritos para idiotizar a la gente y sustraerle toda capacidad de crítica”. Lo peor es que sus “enseñanzas embrutecedoras” se transmiten desde la niñez. (Op.cit. Pág. 107. Subrayado nuestro).  Al final, “los libros que forman los cimientos de las tres religiones monoteístas son un gran fraude, y solamente sirven para volver al mundo ajeno a su realidad a fin de dominarlo mejor” (Op.cit. Pág.108. Subrayado nuestro). No obstante lo anterior, que podría conducirnos a ser fieles seguidores de Onfray, Nicole es implacable y concluyente, pues éste, según ella, “no elabora ninguna propuesta concreta que indicaría cómo alcanzar una conciencia atea desprovista de la alienación religiosa” (Ibid.)

Al presentar algunas alternativas que Onfray ofrece de un ateísmo dedicado a la ética epicúrea y que persigue una ontología “materialista”, una ”física de la metafísica”, ella hace hincapié en la propuesta planteada por el filósofo francés, quien afirma que: “Es solamente dentro de un mundo regido por un ateísmo de esta índole que el hombre podrá, como humano, realizarse física, mental y espiritualmente, sin tener que reprimir sus deseos materiales, como lo está haciendo hasta ahora por culpa del pensamiento judeo-cristiano que nos domina”.

Pero cuando creemos que hemos llegado a la solución, Nicole saca el alfanje y nos advierte: “Ello suena interesante, pero ¿cómo se logra? ¿A través de qué tipo de organización socio-politica  y cultural? Onfray no lo dice. Todo apunta a que, para Onfray, la lucha ideológica es el elemento central y definitivo en la determinación del ser humano y la sociedad. No obstante, la historia ha demostrado que la realidad es más compleja por cuanto existe una relación dialéctica entre lo social, lo político, cultural e ideológico.”  (Op.cit. Pág. 109)

Su ensayo sobre el existencialismo en la narrativa del autor neoyorkino, Paul Auster, es un descubrimiento de aspectos que, sin duda, nos obligarán a volver a las páginas de aquél, enriquecidos por la visión de la ensayista francesa que, en definitiva, nos enseña a distinguir, en él, la influencia de Montaigne y de Sartre, con pinceladas de Hamsun,  Huysmans y Merleau-Ponty. En  fin, después de revisar, admirados, cómo ella nos conduce a la perspectiva de Heidegger, Hegel y Jaspers, para mejor dilucidar la novelística del autor de La invención de la soledad, nos convencemos, una vez más, de lo importante que ha sido acceder a su obra, que concluye con el estudio de El crimen del cuerpo”. ¿Es escribir un acto erótico?, de Stéphane Zagdanski, en su ensayo final, “Eros y escritura”. Para realizar este último,  ella se remonta hasta la mitología griega y al héroe Palamedes, que elogiaba la escritura, con lo que se mostraba “más civilizado que los dioses olímpicos mismos, dado que éstos eran reputados por ser analfabetos”.

En fin, como es su costumbre, Nicole nos pasea por Platón y su concepción del eros, para arribar al erotismo de la escritura, que sería profundamente antisocial, con lo señala una cita de Claude Levi-Strauss “para quien existe entre Eros y polis una fuerte tensión”, “por cuanto Eros es un elemento perturbador para la organización de la polis…” Y así, luego de llevarnos hacia Hemingway, Picasso, Valery, Marcuse y Jung, la autora tiene una conclusión agudísima, al presentarnos a Zagdanski como alguien que propicia, en su libro El crimen del cuerpo, siguiendo el ejemplo de muchos intelectuales franceses, el tratar “de colocar a la escritura en un pedestal y convertir de esa manera a los escritores en sabios portadores de `LA´ verdad”. De este modo, “Zagdanski glorifica a los escritores haciendo de la escritura una forma de expresión elitista, y, por otro lado, sanciona al lenguaje, la comunicación verbal, que sería el instrumento de la trivialidad y la falacia. El dualismo que Zagdanski introduce entre ambos modos de comunicación es tan pronunciado que, para él, en el momento en que no escribimos, estaríamos mintiendo, porque estaríamos hablando (sic)” (Op.cit. Pag. 145).

La conclusión es definitiva porque, para Nicole Schuster, Zadganski llega a “adoptar una posición de intolerancia, pues transforma la escritura, que debería estar al servicio de la comunicación plural, en el instrumento de gurús detentadores de la verdad. El escritor, motivado por su desprecio por la comunicación, se encerraría en una torre de marfil, rechazando el intercambio so pretexto de no dejar que la verdad se contamine con la trivialidad de la comunicación” (Op.cit. Pág. 146).

Finalmente, a pesar de la denuncia que hace Zagdanski, tanto de la inautenticidad de la palabra como de aquella del erotismo “social” que rige este sistema consumista, él “no propone ninguna alternativa. Más bien, lo único que sugiere es que el escritor siga en esta sociedad del espectáculo y se proteja aislándose en su fortín y confinándose en el elitismo e individualismo que la misma sociedad del espectáculo promueve, ya que ésta necesita de una elite que contrabalancee a las masas de la cultura del consumo.” (Ob.cit. Pág.147). Por lo que todo lo anterior lleva al autor a no buscar “poner en juego la esencia de las relaciones sociales del mundo actual que pretende denunciar” (Ibid.)

Como se habrá podido apreciar, Nicole Schuster no hace concesiones, y cuando se trata de esclarecer, esclarece, y palmariamente.

En fin, un libro, el de ella, de relectura obligatoria.

El volumen lo publica un sello muy querido por el que firma estas líneas: Editorial Horizonte. Y viene a mi memoria la cara imagen de su fundador, Humberto Damonte (con él lanzamos uno de los primeros poemas ilustrados por grandes pintores. En este caso, fue mi texto “La montaña en el parque“, extensa composición en memoria del 31 de mayo de 1970, terremoto de triste memoria, especialmente para la querida tierra de Yungay, al cual acompañaba un  cuadro de la notable  Tilsa Tsuchiya (+)).

 

   
   

 

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