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 Temas estratégicos

 

 

 

LA CORRUPCIÓN EN LA POLICÍA ANALIZADA

DESDE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA OCCIDENTALES:

DEFINICIÓN, CAUSAS Y PROPUESTAS CORRECTIVAS

 

POR NICOLE SCHUSTER

 

Quis custodiet ipsos custodes?

(¿Quién vigilará a los vigilantes?)

 

LAS PRIMERAS COMISIONES ANTI-CORRUPCIÓN

 

Desde la instauración en el siglo XVI del cuerpo policial en Francia, –modelo que luego fue imitado por varios países europeos–, el problema de la corrupción en el seno de este organismo ha suscitado preocupación entre la población(1). Apenas creada esta función supuestamente destinada a garantizar la seguridad en las calles, varias demandas fueron emitidas por parte de la ciudadanía para controlar el vicio de la corrupción al que ya habían sucumbido numerosos miembros de la policía(2).

En una época más reciente, en los años cincuenta del siglo XX, motivada por expertos en criminología como Merton, y en los sesenta por Paul Wilbur Tappan, Earl Lewis, Richard Blum, Elwin Stoddard y Jerome Skolnick, se esbozó en occidente una tendencia que promovió la investigación de la corrupción en la policía. En los años setenta, la literatura alrededor del tema se intensificó, continuando la línea trazada por la Comisión Knapp. Ésta nació de las denuncias de corrupción en el seno de la policía hechas por el oficial de la policía Frank Serpico y el sargento David Durk a través del diario The New York Times. La Comisión Knapp tuvo como misión analizar la corrupción dentro de la policía neoyorkina(3). En realidad esta comisión no era la primera en la historia de Estados Unidos en indagar sobre los hechos de corrupción policial. Fue precedida por otras. Por ejemplo destaca, en primer lugar, la comisión que inauguró esta tendencia y que fue establecida en 1919 en la ciudad conocida por su alto grado de corrupción: Chicago. Creada para combatir el crimen, la “Chicago Crime Commission” sigue vigente hoy en día(4). Fue seguida por la “Wickersham Commission” convocada por el Presidente Herbert Hoover a fin de detener a los elementos corruptos de la policía nacional, federal y local que faltaban en aplicar la ley seca. En 1992 se formó la “Mollen Commission”, del nombre del Juez Milton Mollen, designado por el Alcalde de Nueva York, David Dinkins, para indagar acerca de la corrupción policial en esta ciudad, evaluar las medidas tomadas en los departamentos de la policía y presentar una serie de recomendaciones en cuanto a los cambios y mejoras que se pueden realizar a fin de paliar esta plaga(5). Es menester mencionar que cada veinte años aproximadamente la policía neoyorkina ha estado sujeta a una comisión de investigación de la misma índole que la Comisión Seabury (“Seabury Hearings”) de los años 1930, la Comisión Gross (“Gross Hearings”) de los años cincuentas(6) y la Comisión Knapp. Pero es probablemente la Comisión Knapp la que más impactó en el público y sobre todo en el estudio teórico de la corrupción policial. La terminología y la taxonomía relativas a la corrupción a las que recurrió la Comisión fueron retomadas y complementadas por un sinfín de autores.

 

 

LA CORRUPCIÓN: UNA PLETORA DE DEFINICIONES

 

Es evidente que definir la corrupción resulta ser una tarea sisifiana dado que la interpretación del concepto de “corrupción” varía en función de los países(7) y del umbral de tolerancia aceptado por las instituciones públicas y la población. Sin embargo, diversos analistas en materia de criminología se dedicaron a esta tarea. Entre ellos encontramos a Howard Cohen y Michael Feldberg, citados en el libro de John Kleinig(8), quienes consideran que la corrupción es el “aceptar bienes o servicios para cumplir o no cumplir deberes que normalmente son parte del trabajo de alguien”. Añaden que “lo que hace que un regalo se convierta en una gratificación no gratuita es la razón por la cual el regalo es ofrecido; lo que hace que el regalo sea producto de un acto de corrupción es la razón por la cual uno lo acepta(9). Esta representación fue completada por Herman Goldstein para quien la corrupción es “el abuso de autoridad por un oficial de la policía que apunta a la obtención de un beneficio personal o destinado a otras personas(10). Las dos definiciones antes mencionadas convergen con la tesis presentada en 1961 por McMullan en la que planteaba que: “un oficial de policía es corrupto si acepta dinero o algo equivalente a dinero para hacer algo que el ejercicio de su función le obligaría a hacer o a no hacer, o si utiliza su poder discrecional para causas impropias”.

John Kleinig propone igualmente su propia definición, que incluye tanto la corrupción en el trabajo como fuera del trabajo, convirtiendo así a esta última en un fenómeno que no sólo se confina al espacio y tiempo de trabajo del oficial, sino que se extrapola a su entorno familiar y privado. Señala que “los policiales actúan corruptamente cuando, estando ejerciendo o fuera del ejercicio de su función, priorizan la obtención de una ventaja privada o que beneficie a su Departamento o División”(11).  Su manera de percibir la corrupción es de orden ético, lo que lo lleva a afirmar que “la corrupción es un problema ético antes de ser un problema legal o administrativo”. Para Kleinig, “la motivación es la clave para comprender la corrupción”. Una de las varias formas que ilustra esta motivación es la que evidencia el oficial al cumplir sus tareas mostrando demasiado celo para, de esa manera, ser promovido. Está dispuesto, por ejemplo, a arrestar muchas personas a fin de superar los resultados de sus colegas. Según Kleinig, aunque esos actos pueden no ser considerados como corruptos por muchos, “están motivados por el espíritu de corrupción(12). La posición de Kleinig se asemeja hasta cierto punto a la de Robert Langworthy y Lawrence Travis(13), dado que ambos se refieren a la “intención” detrás del acto corrupto. Ven a la corrupción policial como “el abuso intencional del poder de la policía. En la práctica, esta definición significa que, para que algo pueda ser denominado ‘corrupción de la policía’, dos cosas deben ser establecidas: primero, es menester demostrar que se hizo un mal uso de los poderes de la policía; y segundo, que los oficiales abusando del poder que les otorga su cargo tenían la intención de hacer un mal uso de ello. Que el motivo sea el dinero, la ganancia para el oficial mismo o para otros no es tan importante en sí, sólo lo es en la medida en que ayuda a ver la intención de abuso de poder”(14). Poner el énfasis en el mal uso del poder como característica de la corrupción no sólo es uno de los aspectos centrales en Kleinig sino también en otros analistas como Bailey, quien señala que “la corrupción es un término general que cubre el mal uso de la autoridad como un resultado de consideraciones que apuntan al beneficio personal que no necesariamente debe presentarse bajo forma de dinero(15). McMullan, citado anteriormente, incluye además en su definición de la corrupción el “ejercicio de las facultades discrecionales [del funcionario] al servicio de causas impropias”.

Otros, en su análisis del fenómeno de la corrupción en la policía, toman en cuenta la envergadura del fenómeno de corrupción, haciendo una distinción entre la corrupción de “amplia escala” (que implica varios millones de dólares) y la de “escala reducida” (refiriéndose a la aceptación de propinas, almuerzos, etc.)(16). Asimismo, se define la corrupción en función del grado de organización que ha alcanzado. Esta posición es la desarrollada por Lawrence Sherman(17), que diferencia entre la corrupción circunstancial y la corrupción permanente(18). Sherman se arriesga a proponer instrumentos de medición de la corrupción, porque, según él, ciertas formas de organización requieren de un nivel de cooperación social más intenso que otras, lo cual permite evaluar “la amplitud de la corrupción social en la policía”. Esta medición puede efectuarse en base a cuatro aspectos, que son:

 

  1. la corrupción activa, que implica la participación activa de los funcionarios en los actos corruptos y que se mide en función del número de agentes corruptos involucrados;
  2. la corrupción pasiva, que lleva a los oficiales a tolerar o a no interferir en los actos de corrupción cometidos;
  3. el nivel de cooperación entre ciudadanos y policías (o sea el grado de aceptación por parte de los ciudadanos de los actos corruptos de la policía);
  4. y la duración de esta cooperación(19).

 

Al distinguir entre la corrupción activa y pasiva, Sherman recuerda en cierta manera la diversificación planteada por la Comisión Knapp que distinguía los “Meat-eaters” de los “Grass eaters”, es decir los que “comen carne” de los que “comen gras”. Los “Meat-eaters” se aprovechan de forma agresiva de su autoridad para delinquir y buscan el contacto con los criminales, mientras que los “Grass-eaters” son mucho menos activos y son sujetos a la corrupción sólo si están puestos en una situación que les da un acceso inmediato a ella(20).

Para Sherman, el gran peligro de la corrupción policial, y de la corrupción en general, es que puede “invertir las metas propuestas originalmente por una organización y llevar a que se use el poder organizacional para alentar y crear el crimen en lugar de impedirlo(21). La definición de la corrupción como “el uso ilegal del poder organizacional en beneficio personal(22) que da Sherman es criticada por Punch, quien sigue la línea del “interaccionismo simbólico”(23). Punch le reprocha a Sherman poner límites a la interpretación de la corrupción por cuanto el beneficio personal es a menudo visto en términos de ganancias pecuniarias(24) mientras que los actos corruptos que son susceptibles de propiciar la obtención de beneficios no necesariamente se presentan bajo forma de dinero.

No obstante, Sherman focaliza las conductas delictivas desde un punto de vista original al plantear que ser corrupto es “engañar a la confianza pública, corrompiendo las virtudes de la sociedad(25) y adopta con ello una posición similar a la de Rogow y Lasswell. En 1970, ambos equiparaban la corrupción con un atentado contra los valores de la sociedad, con “una violación de la responsabilidad que uno tiene ante un órgano público o civil. Siendo una violación, el acto resulta ser incompatible con tal órgano así como lo destruye”. Como lo nota Simpson: “esta definición implica que el comportamiento corrupto es aquello que viola un sistema de valores prescritas más que un sistema de reglas prescritas(26). Por lo tanto, la posición de Rogow y Lasswell como la de Sherman obligan a repensar la manera de abordar y remediar al problema de la corrupción en la policía, dado que las medidas correctivas a tomar frente a actos de corrupción son de diferente índole que las que se toman en casos criminales.

 

La definición propuesta por Julian Roebuck y Thomas Barker puede parecer bastante evasiva ya que para esos dos expertos en criminología se habla de corrupción cuando “un funcionario se aparta de la norma, es deshonesto, no ético o criminal(27). Sin embargo, completan esta definición con una lista de ocho categorías de corrupción, lista que les convirtió en una referencia imprescindible para casi todos los autores que escribieron ulteriormente sobre la corrupción(28). La enumeración de esas categorías procuraba poner orden en la efusión de definiciones que existía alrededor de la corrupción en la policía. Joycelyn Pollock, en su libro “Ethical dilemmas and decisions in criminal justice”, expone en detalle la lista elaborada por Roebuck y Barker(29). Los elementos que la conforman tienen un valor universal ya que ofrecen la ventaja de ser una síntesis basada en un estudio empírico de los actos corruptos. Las diferentes formas de corrupción son las siguientes:

 

  1. la corrupción de autoridad, que induce a un funcionario a beneficiarse de su condición de representante de la autoridad y a aceptar regalos en forma de almuerzos, de regalos diversos, o de gratuidad de servicios;
  2. el “kickback”, que consiste en la aceptación de bienes, servicios o dinero por facilitar transacciones o contactos con compañías o individuales(30);
  3. el “opportunistic theft” (el “robo oportunista”), que reside en el hecho de que el funcionario de la policía aprovecha su presencia en el lugar del suceso para sustraer algún objeto o despojar la víctima de sus bienes;
  4. el “shakedown”, que es el recibir un soborno en cambio de no aplicar la ley (el no-arresto, invalidar multas, etc.)
  5. la protección ilegal de actividades (prostitución, drogas, pornografía) brindada por funcionarios de la policía en cambio de coimas;
  6. el “Fixing”, que significa beneficiar a personas al desestimar la investigación o la aplicación de la ley (multa, por ej.) recurriendo a pruebas falsas;
  7. la participación directa en actividades criminales;
  8. los “internal payoffs”, que, según la definición de Barker citada por Kleinig, son una forma de corrupción que “regula un mercado en el que las prerrogativas pueden ser compradas, trocadas o vendidas. Los actores son exclusivamente oficiales de la policía. Las prerrogativas negociadas engloban la asignación a ciertos puestos de trabajo, el otorgamiento de días libres, vacaciones, promociones, entre otros. Los oficiales que administran la distribución de las asignaciones y del personal son susceptibles de pedir gratificaciones por asignar los oficiales a ciertas divisiones, secciones, etc., y por excluirlos de ciertas tareas asignadas(31).

 

Al reproducir la lista de Roebuck y Barker, Pollock, al igual que estos dos autores, no menciona en esos actos de corrupción:

 

  1. la protección a personas dentro y fuera de la institución brindada en virtud de un código de silencio(32);

 

y tampoco:

 

  1. la categoría del “flaking and padding” tomada en consideración por los analistas de la corrupción policial Fyfe y Kane(33), que se traduce por el acto de colocar evidencias incriminatorias(34) e igualmente manipular archivos con el fin de inculpar al sospechoso.

 

Fyfe y Kane plantean otra tipología que engloba las 370 clasificaciones que el Departamento de Policía de Nueva York considera como mala conducta en los oficiales de policía(35). Entre ellas encontramos:

 

  1. los crímenes motivados por el beneficio;
  2. los crímenes contra personas cometidos fuera de las horas de trabajo;
  3. los crímenes contra el orden público (que excluyen el tráfico de droga o de bienes), como por ejemplo conducir ebrio en la vía pública o evidenciar otros tipos de conductas descarriadas;
  4. la posesión o el tráfico de drogas;
  5. los excesos de poder cometidos durante las horas de trabajo mediante el uso desmedido de la fuerza, el abuso psicológico, la discriminación;
  6. la obstrucción de la justicia;
  7. la falla administrativa o la falla en general para lograr un resultado. Es decir violar normas y procedimientos que rigen en el departamento para la obtención de un efecto específico(36).

 

Otra clasificación “clásica” de los actos corruptos es la elaborada por Tom Barker y Carter, que consideran que:

 

  1. el abuso físico (fuerza excesiva, acoso físico);
  2. el abuso psicológico (irrespeto, acoso, ridiculizar, intimidación); y
  3. el abuso  legal (hurtos ilegales, producción de evidencias falsas)

 

representan las grandes categorías de corrupción comunes en la policía(37).

 

Vemos de lo anterior que no faltan las definiciones que tratan de dar una imagen globalizante de la corrupción, pero que nunca lo logran por la simple razón que la realidad ofrece una infinidad de situaciones en que la corrupción es el principio de acción. Además, se tiene que tomar en consideración que la naturaleza de los actos corruptos depende del nivel de experiencia y “creatividad” de los malhechores y que un mayor involucramiento en la corrupción implica una elaboración más sofisticada de estrategias, tácticas y utilización de medios para encubrirla.

 

LAS CAUSAS DE LA CORRUPCIÓN

 

Así como las definiciones de la corrupción son cuantiosas, el nombrar en su globalidad las causas que llevan a los policías a corromperse se revela una misión cuasi imposible por la complejidad que caracteriza al humano y a las circunstancias que lo llevan a actuar. Sin embargo, tenemos también varios estudios sobre las causas de la corrupción en la policía hechos desde perspectivas diferentes. Tim Prenzler y Janet Ransley(38) señalan que esos factores pueden analizarse desde el enfoque estructural y el enfoque cultural. El enfoque estructural considera que una de las principales causas por las cuales los policías son proclives a incurrir en hechos delictivos y a infringir las normas éticas que deberían representar su padrón de conducta se halla en el poder seductor de la corrupción. La “tentación de la corrupción” es producto del contacto directo y frecuente con la mafia. A ello se suma el problema de la sedimentación de tales prácticas sobre décadas, lo cual da lugar a la formación de verdaderas redes entre la institución policial y los grupos mafiosos. Por ejemplo, la participación en unidades de fuerzas especiales en la lucha contra el narcotráfico en que la interacción con los círculos corruptos es más fluida incita a los funcionarios de la seguridad a sucumbir con mayor facilidad a la corrupción. Los patrullajes rutinarios de los policías representan un riesgo porque amplían el abanico de oportunidades que tiene el policial de familiarizarse con los medios mafiosos. Son susceptibles de potenciar en los funcionarios el deseo de acceder a las ganancias que las diferentes modalidades de tráfico producen y de recibir prebendas en cambio de la non-denunciación de los hechos delictivos que son supuestos investigar. Esta exposición a la tentación se ve además reforzada por el hecho de que no se ejerce ninguna vigilancia sobre los policías en patrulla(39).

 

Existen asimismo factores intrínsecos a la institución policial que amplifican el fenómeno de la corrupción. Para Robert M. Regoli y John D. Hewitt(40), esos factores consisten en:

 

  1. la limitación de la responsabilización, que tiene como corolario una supervisión mínima;
  2. el secretismo entre los funcionarios, una subcultura que aísla la policía del público creando un “muro de silencio” (“Blue wall of silence”) frente a los que denuncian abusos; y
  3. el secretismo en el seno de la cúpula de la institución.

 

Se supone que verificando el registro de antecedentes penales de un funcionario que data de la época anterior a su integración al cuerpo policial y que determina si el agente ha sido arrestado o ha infringido de una manera u otra la ley se puede revelar mucho en cuanto a su propensión a la corrupción o a la del departamento de policía al que luego se unió(41). A las causas que fomentan la corrupción en la policía, Lawrence Sherman añade otro factor. El autor señala que la policía está sujeta a dejarse llevar en una “pendiente resbaladiza” (“slippery slope”). Ésta se entiende como la perpetración por un funcionario policial de pequeños actos de corrupción que desembocan en otros mayores(42), los cuales bien podrían ser asesinatos destinados a salvaguardar su puesto o a preservar las ventajas que el oficial se ganó gracias a sus vínculos con las entidades corruptas. Además, al ser arrastrado en este círculo vicioso de la corrupción, el funcionario puede verse en la obligación, para protegerse, de esconder los actos de corrupción de sus colegas.

Para Sherman, entre el funcionario que acepta una taza de café y otro que participa en el tráfico de droga, sólo existe una diferencia de grado de corrupción, que no le resta nada a la deshonestidad del primero. Esta tesis de Sherman es refutada por Feldberg que considera que el policía sabe diferenciar muy bien entre la aceptación de una tasa de café y el involucramiento en delitos más graves y que suponer que la policía caerá inexorablemente en la “pendiente resbaladiza” ideada por Sherman es un insulto a la inteligencia del policía en general(43).

 

LAS JUSTIFICACIONES DADAS POR LA POLICÍA DE LAS DISFUNCIONES EN EL SENO DE SU INSTITUCIÓN

 

Una explicación proporcionada por la policía para justificar los abusos y las infracciones al código de ética policial cometidos por sus funcionarios es aquella llamada metafóricamente “Rotten Apple”, o en español: “manzana podrida”. La teoría de la “manzana podrida” surge en el marco de la investigación dirigida en 1970 por la Comisión Knapp para poner al descubierto los actos dolosos de la policía de Nueva York y presenta a la participación activa de los agentes de las fuerzas del orden en la corrupción como un fenómeno que afecta sólo a algunos policías corruptos, los cuales serían una excepción a la regla.

Otra corriente que contribuye a minimizar la “tentación a la corrupción” es la que cuestiona las normas de reclutamiento desde un punto de vista discriminatorio. Se alega que las conductas delictivas funcionales se deben a algunos policiales provenientes de un cierto medio social o étnico. Ello convierte a los casos de desviación policial en asuntos contingentes y aislados que no implican a la institución en su conjunto(44) por lo que ésta queda siempre excluida de todo proceso de investigación.

Los efectivos de la policía suelen también justificar los abusos cometidos por sus colegas invocando el principio de la “causa noble de corrupción”. Este concepto significa que sería “legítimo” usar métodos y medios ilegales para lograr un fin “moral”. O sea, es a veces necesario romper con los principios éticos y los derechos humanos si la causa es legítima: el fin justifica los medios. El axioma de la “causa noble de corrupción” converge y refuerza la tesis de “Dirty Harry”, o “Harry el Sucio”, que desarrolla Karl Klokars en referencia a la película norteamericana del año 1971, donde el policía Harry Callahan (Clint Eastwood) no duda en usar métodos ilegales y sucios (tortura, perquisiciones sin mandato legal, engaños…) para alcanzar su meta: arrestar al asesino en serie que anda en las calles de San Francisco y aterroriza a la gente. Callahan aplica a la letra el principio del fin que justifica los medios sin que le importe su grado de ilegitimidad y violencia puesto que, según su línea de raciocino, el fin es legítimo en sí(45).

El “flaking y padding”, o sea, como lo mencionamos anteriormente, el colocar falsas evidencias y manipular archivos para incriminar de forma arbitraria a alguien, es un modus operandi que varios miembros de la policía defienden también. Como ejemplo de “flaking”, Fyfe y Kane cita el caso del oficial de policía que coloca un arma en la escena del crimen para inducir a los peritos a pensar que el policía actuó en defensa propia. Los que recurren a esta práctica o que la toleran alegan que sin la introducción de la falsa prueba el sospechoso seguiría burlándose de la ley.

 

LAS TESIS ESTRUCTURALES DE LA DESVIACIÓN POLICIAL

 

Ciertos  analistas  y criminólogos piensan que la estructura de la organización de la policía con su cultura de clan, su exposición al crimen, su manera equivocada de enfocar a éste, su tendencia a olvidarse de lo enseñado, fomentaría de generación en generación la sedimentación de las desviaciones policiales y de su comportamiento predatorio para con la ciudadanía. Estaríamos entonces frente a un fenómeno de corrupción endémica e inherente a la institución policial(46). Dentro de esta óptica, O’Connor extrapoló la teoría de la manzana podrida confinada a lo individual a la teoría llamada: el “barril putrefacto” (“rotten barrel”), que corresponde a la corrupción a nivel de grupo en la policía. Por su lado, el analista Maurice Punch amplia la noción del barril putrefacto más allá aún convirtiendo este último en “huerto putrefacto” (“rotten orchard”). Con ello, Punch quiere decir que no sólo el sistema policial, sino también el sistema judicial y toda la esfera socio-política son afectados por la corrupción(47)

Los planteamientos de Sherman, Rogow y Lasswell relativos al comportamiento desviante que contribuye a socavar el sistema de valores de la sociedad se ven reforzados por la tesis según la cual la cultura de la policía sería responsable por “crear un entorno que alienta o no logra desalentar a la corrupción en el seno de la policía(48). Ello lleva a otra propuesta, que enfoca a la corrupción como un problema sistémico: la corrupción sería inherente a la interacción entre la policía y la sociedad más que a la persona del funcionario y sería fomentada por la poca educación y los bajos salarios de la policía así como por las condiciones en las cuales ésta ejerce sus funciones y vive.

 

MEDIDAS A ADOPTAR PARA CONTROLAR LA POLICÍA

 

De la variedad de las conductas desviantes expuestas anteriormente se desglosa que luchar contra la corrupción en la policía se revela una tarea ardua. Ello no impide que muchas cosas puedan ser introducidas o mejoradas. En su libro “Scandal and reform: controling police corruption”, Lawrence Sherman sostiene que la mejor estrategia de prevención de la corrupción en la institución policial es el empleo de espías, informantes, medios de vigilancia y diversas tecnologías de vigilancia encubierta. Asimismo, pese al rechazo mostrado por la ciudadanía ante el otorgamiento del poder discrecionario a la policía, analistas apoyan tal prerrogativa siempre y cuando se trate de situar esta última dentro de un contexto legal que defina de una manera más precisa y más adaptada posible los parámetros en que se pueda usar.

Además, para reducir la corrupción, sería recomendable instaurar medidas de orden organizativo que repercutan directamente en la buena funcionalidad del órgano policial. En el libro Policing Corruption se presenta para Bangladesh, que se encuentra totalmente hundido en la corrupción, un plan de lucha contra la corrupción que comporta las medidas siguientes:

 

  1. el establecimiento de una estrategia preliminar para detectar la corrupción e impedir su organización e institucionalización;
  2. el aislamiento absoluto de todo departamento de la policía de las interferencias políticas;
  3. la vigilancia personal por los ejecutivos superiores;
  4. el recompensar a los que informan sobre los casos de corrupción;
  5. el cambio radical en el proceso de selección;
  6. la puesta a prueba psicológica de los candidatos al servicio de la policía;
  7. la elevación de los estándares éticos de la policía;
  8. la elevación de los salarios y de los beneficios;
  9. la elaboración de estrategias externas de control(49).

 

En relación con el último punto referente a la creación de un sistema de control externo, podemos señalar el trabajo realizado en esta esfera por países tanto occidentales como del Tercer Mundo. Chile es un ejemplo de las reformas que se han dado en el seno de la policía a partir del año 2003 y del esfuerzo que se ha hecho para que la policía, en su función rutinaria de brindar seguridad en las calles de la capital, desempeñe sus actividades acercándose a la ciudadanía. Asimismo, la cooperación entre la policía y entidades civiles que promueva un dialogo más estrecho entre éstas y la población a través de comisiones de control, como ocurrió la última década en las provincias de Sao Paulo, Belo Horizonte, Villa Nueva en Guatemala y en Bogota, es no sólo bienvenida sino necesaria si se quiere influir en la calidad del servicio prestado por la policía(50). Esos programas, que impulsan la creación de comisiones de asesoría entre la población y sus instancias representativas y la policía, permiten: establecer un diagnóstico de las problemáticas encontradas en cuanto al ejercicio de la policía y sus deficiencias; definir las prioridades en materia de seguridad ciudadana; y, en general, determinar cómo alcanzar los objetivos de la policía y satisfacer las expectativas que la población tiene de ésta. En base a ello se elaboran propuestas que sirven para mejorar la práctica de la policía en sus funciones cotidianas y, sobre todo, gracias al control panóptico que esas comisiones ejercen sobre la policía, se garantiza una mayor transparencia en el seno de la policía y entre sus miembros.

 

Por supuesto, esas comisiones tienen sus límites, pues no se dejan establecer con facilidad ya que suscitan, a sus inicios, una fuerte reticencia entre los funcionarios de la policía, la cual, por principio, se rehúsa a dejar intrusos hurgar en sus archivos y asuntos internos. La analista en criminología Sanja Kutnjak Ivkóvic piensa sin embargo que la vigilancia ejercida sobre la policía a través de comisiones, de la municipalidad y de la policía misma es totalmente insuficiente. Afirma que el control debe considerarse en términos de largo plazo y no de manera puntual o como consecuencia de un evento que obliga a crear una comisión de control de forma ad hoc(51). Por esta razón, la autora evalúa la formación de una “Agencia promotora de la integridad”(52) que se encontraría libre de toda influencia política. La Agencia (IEA) proporcionaría la inmunidad a los funcionarios deseosos de denunciar los actos dolosos de sus colegas y de facilitar el acceso a los archivos de la policía. La IEA sería conformada por abogados, sociólogos, científicos, entre otros, y proveería el control externo necesario sobre un periodo ilimitado. El trabajo se haría de manera dialogante y se promoverían mecanismos de control a través de la aplicación de procedimientos procedentes de las ciencias sociales, como los informes de los miembros de la comunidad y la observación del trabajo de la policía.

Sanja Kutnjak Ivkóvic señala que los costos envueltos en el funcionamiento de la Agencia deberían ser cubiertos por el presupuesto municipal. Sin embargo, nunca llegarían a ser tan elevados como el precio de la corrupción, que representa casi un “impuesto secreto” para todos los ciudadanos. Por ejemplo, los gastos que ciertas ciudades estadounidenses han tenido que pagar a fin de indemnizar a las personas perjudicadas por el exceso de la fuerza aplicado por parte de la policía eran del orden de 29 millones de dólares entre 1991 y 1994 en Chicago, de 179 millones de dólares en Los Ángeles y de 44 millones de dólares en Nueva York entre 1991 y 1995. Por su lado, los costos de la IEA relativos a los años 2oo2 y 2003 representan sólo un 0.1% del presupuesto municipal de la ciudad de San José que asciende a 3.34 billones de dólares mientras que los de la policía alcanzan el 6,5%(53). De lo anterior se desprende que la instauración de tales comisiones no puede ser refutada en base a su costo elevado. El precio de la corrupción a nivel mundial es mucho mal alto. Billones de dólares se evaporan cada año en comisiones y sobornos que podrían, de ser interceptados o imposibilitados, ser invertidos en programas sociales que contribuirían a paliar la criminalidad en el mundo.

Como lo señala Lawrence Sherman en su libro Scandal and reform: controlling police corruption, reformar la policía significa que “el departamento abandone a la corrupción como meta organizacional(54). Por lo tanto, buscar un cambio de orden ético en la policía corresponde a la voluntad, por parte de los mandos superiores en la jerarquía de la policía y de las altas esferas, de reorientar las prioridades organizacionales y romper el lazo con la corrupción(55).

En vista de ello, es imperativo que se establezcan dentro de la policía y en las instancias judiciales y ejecutivas mecanismos de responsabilización para que los policías que cometen actos delictivos sean procesados. Ello es importante tanto en ciertos países desarrollados como en la mayoría de los países subdesarrollados, puesto que contribuiría a que la policía no se convierta en una organización regida por los mismos códigos que la Omerta.

 

            NOTAS:

 

(1) Ver Arlette Lebirge. La police. Une histoire sous influence. Editions Découvertes Gallimard. Histoire. Mars 1993, p.52.

(2) Ver p. 508. Greg Barak. Battleground Criminal Justice. Greenwood Publishing Group. 2007.

(3) Ver p. 25-26 en John S. Dempsey, Linda S. Forst. An Introduction to Policing. Delmar Cengage Learning. 2009.

(4) Ver p. 155. Robert M. Regoli, John D. Hewitt. Exploring Criminal Justice. The essentials. Jones and Barlett Publishers. USA. 2010.

(5) Ver p. 156. Exploring criminal justice. Op. cit.

(6) Citado p. 25 en John S. Dempsey, Linda S. Forst. An Introduction to Policing. Delmar Cengage Learning. 2009.

(7) Tesis de Haberfeld, Klockars e Ivkovic. Citado en P.13 de Sarre, R., Das, D., Albrecht, H-J. (eds), Policing Corruption: International Perspectives.  Lexington Books USA, 2005.

(8) Ver John Kleinig, Ethics of policing.Cambridge University Press, 1996, p.165.

(9) Ibid.

(10) Ibid.

(11) Citado p.7 de Tim Newburn. Understanding and preventing police corruption: lessons from the literature. (La traducción proviene de la reseña que hace Enrique Castro Vargas del trabajo de Tim Newburn. Ver su reseña en Comprendiendo y previniendo la corrupción policial: lecciones de Literatura. P.159 en Urvio. Revista Latinoamericana de Seguridad Ciudadana. Nº1. Quito. Mayo 2008.

(12) Ver p. 7. Tim Newburn. Understanding and preventing police corruption: Lessons from the Literature. Editor Barry Webb. London. 1999.

(13) Citado en p. 508-509. Greg Barak. Battleground Criminal Justice. Greenwood Publishing Group. 2007.

(14) Ibid. p. 508-509.

(15) Ver p.8. Anthony Simpson. The Literature of Police Corruption. John Jay Pr. Edition. 1977.

(16) Ibid. P. 2. Policing Corruption: International Perspectives.

(17) Ver P. 195. Lawrence W. Sherman. Scandal and Reform: Controlling Police Corruption. University of California Press. Berkeley. 1978. L. Sherman es Director del Institute of Criminology of the University of Cambridge, UK.

(18) Ibid. Scandal and Reform. P. 196.

(19) Ver p. 195-196. Ibid. Scandal and reform.

(20) Ver p.293. Larry J. Siegel. Introduction to Criminal Justice. Wadsworth Publishing. CA. USA. 2010.

(21) Citado en p.9. Maurice Punch. Conduct unbecoming: The social construction of police deviance and control. Tavistock Publications. USA. 1985.

(22) Citado en p.9. Maurice Punch. Conduct unbecoming: the social construction of police deviance and control

(23) La escuela del “interaccionismo simbólico” (symbolic interactionnism en inglés) se concentra en la interacción social a nivel micro. Esta rama de la sociología influyó notablemente en la criminología para analizar los comportamientos fuera de las normas y delincuenciales. Los autores que analizaron la policía, como Manning, Chatterton y Bittner, ponen el énfasis en el hecho que “la vida es frágil, negociada y en proceso de construcción constante con los otros. Los hombres, al actuar, evalúan, revisan, definen e interpretan así como, sobre todo, se simbolizan la situación”. Citado en p.2 de Maurice Punch. Conduct unbecoming: The social construction of police deviance and control.  Tavistock Publications. USA. 1985.

(24) Conduct unbecoming. Op. cit. P.9.

(25) P. xii. Scandal and Reform, op.cit.

(26) Ver p.9. Anthony Simpson. The Literature of Police Corruption. John Jay Pr. Edition. 1977.

(27) Ver p. 5. Tim Newburn. Understanding and preventing police corruption. Op. cit.

(28) Conduct unbecoming. Op. cit. P.10.

(29) Ver P.252. Ethical dilemmas and decisions in criminal justice. Joycelyn M. Pollock. Wadsworth Publishing. USA. 2008.

(30) Definición tomada de la p. 67 de Police powers and accountability in a democratic society. Proceedings. Reports presented to the 12th. criminological colloquium.  Council of Europe. 2001.

(31) Ver P.170. John Kleinig. Ethics of policing. Op. cit.

(32) Lo cual es, para un problema muy serio, puesto que los niveles inferiores en la jerarquía policial son protegidos por los superiores. Ello es, sin duda, un factor agravante para la corrupción, pues los malos elementos se sienten amparados por el “código de silencio” que rige en la policía. Ver P.244. De Sarre, R., Das, D., Albrecht, H-J. (eds), Policing Corruption: International PerspectivesLexington Books USA, 2005.

(33) Ver p. 226. Robert M. Regoli, John D. Hewitt. Exploring Criminal Justice. The essentials. Chapter: Critical Issues in Policing. Jones and Barlett Publishers. USA. 2010.

(34) Ver p. 65-66. Bruce Jackson. Law and Disorder: Criminal justice in America. University of Illinois Press. 1984.

(35) Ver p. 218. Harry W. More. Current issues in American law enforcement: controversies and solutions. Charles Thomas. Publishers Ltd. Illinois. 2008.

(36) Ibid.

(37) Ver P.225. Joycelyn M. Pollock. Ethical dilemmas and decisions in criminal justice. Joycelyn M. Pollock. Wadsworth Publishing. USA. 2008.

(38) Ver p. 14 Tim Prenzler, Janet Ransley. Police reform: Building integrity. Federation Press. 2002

(39) Ibid.

(40) Ver p. 156. Exploring Criminal Justice: The Essentials. Jones and Bartlett Publishers. 2010.

(41)  Ibid. P.156.

(42) Ver P.10 y 11. Tim Newburn. Understanding and preventing police corruption: Lessons from the literature. Editor Barry Webb. London. 1999.

(43) Ver P.179. John Kleinig. Ethics of policing.

(44) Ver Mark Stevens. Police Deviance & Ethics. http://www.faculty.ncwc.edu

(45) Ver p.85. Carl B. Klockars. The Idea of Police (Law and Criminal Justice System). Sage Publications, Inc. 1985.

(46) Ver Mark Stevens. Police Deviance & Ethics. Op. cit.

(47) Ver Petter Gottschalk. p.145-147. Knowledge Management in Police Oversight: Law Enforcement Integrity and Accountability. Brown Walker Press. Boca Raton. Florida. 2009.

(48) Ver Ethics and the Police. Op. cit. P.50.

(49) Ver P.244 enDe Sarre, R., Das, D., Albrecht, H-J. (eds), Policing Corruption: International PerspectivesLexington Books USA, 2005.

(50) Ver Hugo Frühling. Policía comunitaria y reforma policial en América Latina. ¿Cúal es el impacto?. Centro de Estudios en Seguridad ciudadana. Universidad de Chile. Instituto de Asuntos Políticos. Santiago de Chile.

(51) Ver p.180. Sanja Kutnjak Ivkóvic. Fallen Blue Knights: Controlling police corruption. Oxford Univertiy Pres. New York. 2005.

(52) IEA: Integrity Enhancing Agency.

(53) Ver p.189. Sanja Kutnjak Ivkóvic. Fallen Blue Knights: Controlling police corruption.

(54) Scandal and reform: controlling police corruption. P. 243. Univ of California Pr (June 1978)

(55) Ibid. P.41.

 

 

 

 

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